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Mártires de ayer y de hoy

En esta semana tenemos la memoria de dos mártires. Pertenecen a la Compañía de las Hijas de Caridad. Son ellas: Marie-Anne Vaillot y Odile Baumgarten. Trabajaron en el Hospital de San Juan de Angers. Las dos fueron martirizadas durante la Revolución Francesa, el día 1o de febrero de 1794, en compañía de muchos otros Mártires.

Pueden ser consideradas dos veces mártires. Primero porque ejercieron la caridad de forma ejemplar a todos. Dedicaron sus vidas a los enfermos, a los Pobres. San Vicente de Paúl hablaba que son “mártires de la Caridad”, aquellas personas que se dedican a ayudar de forma efectiva los Pobres.

Ellas se olvidaron de sí mismas para servir a Dios en la persona de los necesitados. Es un ejemplo y modelo de Caridad para todas las Hijas de la Caridad y para cada miembro de la Familia Vicenciana de todo el mundo. De hecho, han sido personas que dedicaron sus vidas, se entregaron de cuerpo y alma, en el seguimiento del Carisma Vicenciano dejado por San Vicente de Paúl y por Santa Luisa de Marillac.

Después, son mártires porque derramaron su sangre, no temieron la muerte que les fueron imputadas por la Revolución Francesa. Tenían consciencia de que la entrega a Dios, en la persona dos Pobres, es una entrega incondicional.

El término “mártir” viene del griego. En el sentido profano del origen, significa “testimonio”. A partir de los siglos II-III pasó a designar a la persona que había dado testimonio en favor de Jesucristo y de su doctrina con el sacrificio de la vida. El testimonio es connatural a la fe cristiana. No se trata solo de afirmar de forma abstracta las verdades de la fe cristiana, pero implica testimoniar de forma concreta la identificación con la propia persona de Jesucristo y su historia.

El martirio se convierte en señal del Reino de Dios, está en la lógica de las Bienaventuranzas. Su contenido es la felicidad que tiene la esperanza como dimensión esencial, ya que participa de la tensión entre el “ya” y el “aun no”, que es propia del Reino de Dios. Sabemos que la felicidad del cristiano está basada en una promesa. Esa promesa consiste en el cumplimiento de una misión: romper el desorden provocado por las injusticias y construir un nuevo orden social más humano. En otras palabras significa que todos los cristianos deben ser protagonistas de la rebelión directa contra los poderes opresores que amenazan la dignidad y la vida de las personas.

Los mártires son los manifestantes de una orden en que domina el mal. Entretanto, en el curso de la historia de la humanidad hasta nuestros días, un número considerable de personas que no pertenecían a la Iglesia murieron por causa de sus convicciones en condiciones semejantes a aquella de los cristianos. Personas que entregaron o entregan, aun hoy, sus vidas en defensa de la justicia, de la libertad, de la dignidad humana. Son personas que, poseen los mismos valores defendidos por los cristianos: la lucha por la dignidad humana.

Mizael Donizetti Poggioli – CM  

 

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