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La Alegría Pascual en el Carisma Vicenciano

El padre Rolando Gutiérrez C.M. de la Vice- Provincia de Costa Rica, trae nuevamente una reflexión a manera de Lectio Vicenciana sobre nuestro Carisma en este tiempo de Pascua.

1. Momento de Comprender:

Evangelii Gaudium (E.G.), la primera Exhortación Apostólica del Papa Francisco dada hace más de tres años, cristaliza la teología del gozo del encuentro con Cristo Resucitado, de quien siempre nace y renace la alegría (E.G. 1).  A cuatrocientos años del nacimiento de nuestro carisma, la propuesta que tanto ha enfatizado el Papa Francisco podría ofrecernos una clave oportuna para releer nuestra espiritualidad vicenciana en este tiempo pascual.

Ciertamente, tenemos que reconocer que San Vicente de Paúl, hijo de su tiempo, heredero de la escuela de espiritualidad francesa, de la devotio moderna, de la teología clásica que se enseñaba con gran elocuencia en la Universidad de Toulouse, no enfatiza la mayor parte de las veces el aspecto de la alegría, ni su cristología se centra tanto en la resurrección como acontecimiento específico. Sin embargo, la vida y obra del santo de la caridad debe ser entendida en su totalidad, evitando todo riesgo de analizar un capítulo o un texto desarticulado del pensamiento integral del santo, el cual se plasma sobre todo en su obra misionera entre los pobres.

Es cierto que la vida llena de entrega a los pobres requiere sacrificio y mortificación, sin embargo, esto no significó en modo alguno un camino de amargura para Vicente ni para sus compañeros, al contrario, encontramos que la dedicación a los pobres es para el santo un estilo de vida que lleva a la felicidad a quien se entrega totalmente a esa misión.

Así, por ejemplo, la carta 2123 de Vicente, escrita en abril de 1656 a un misionero que recién había emitido sus votos le expresa: ¡Qué felicidad la de aquellos que se entregan a él sin reserva para realizar las obras que Jesucristo realizó y para practicar las virtudes que él practicó, como la pobreza, la obediencia, la humildad, la paciencia, el celo y todas las demás! (S.V.P. V, 555). También le recordaba a los misioneros el 29 de octubre de 1638 que no hemos de buscar ni esperar descanso, contentamiento ni bendiciones más que en la Misión, ya que es allí donde Dios nos quiere (S.V.P. XI, 33). El mismo mensaje iba para los sacerdotes de la misión dedicados a los ejercicios a los ordenandos, a quienes les ofreció su receta para vivir de tal manera que su testimonio motivara a los que estaban por recibir el orden sacerdotal: Si es posible, hay que saber mezclar estos tres colores; la modestia, la alegría y la mansedumbre. (S.V.P. XI, 79).

Podemos decir que la raíz del carisma vicentino tiene en su esencia, aunque con vocabulario distinto al del Papa, la propuesta del gozo y la alegría en el seguimiento a Jesucristo evangelizador de los pobres; de forma que un vicentino no puede vivir en una eterna cuaresma sin pascua (E.G. 6), no puede estar con permanente cara de funeral (E.G.1) porque el anuncio que llevamos a los pobres es el gozo de Jesucristo Resucitado.

A cuatro siglos de distancia, releer la intuición carismática de San Vicente nos invita a tener mucho cuidado de no entender el seguimiento a Jesucristo Evangelizador de los pobres como un elogio a la cruz, al dolor y la desdicha de los pobres, ni mucho menos asumir nuestra espiritualidad vista solamente desde el sacrificio y la mortificación como si el trabajo excesivo y las grandes obras que cada uno pueda realizar fueran actos heroicos, donde cada quien enfatiza la cruz leída desde sus ansias egoístas y deja de lado la resurrección que llena de vida y novedad a toda la comunidad.

Cuando esto pasa, dice el Papa Francisco, la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien… ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado (E.G.2).

Por suerte, nuestra vocación vicentina, decía San Vicente a las Hijas de la Caridad, consiste en participar de la misma alegría de Dios: Sí, hermanas mías, el gusto de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su miseria; ¡qué gran motivo de consuelo y de esperanza es para nosotros!

2. Momento de Contemplar:

Recomendamos que los grupos vicentinos puedan realizar esta Lectio poner un Cirio o una vela en el medio que nos remita a la noche de pascua a través del signo de la luz. En torno a ese cirio encendido podrían tenerse seis palabras escritas en grande sobre las cuales vamos a contemplar:

  • Alegría.
  • Tristeza
  • Felicidad
  • Frustración
  • Muerte
  • Resurrección.

Es importante dar un tiempo en silencio para que cada uno pueda preguntarse: ¿Qué imagen viene a mi mente cuando pienso en esa palabra? ¿Qué recuerdo me trae? ¿A qué me remite? Después del silencio oportuno será bueno compartir aquello que no sea demasiado personal y que pueda enriquecer a la comunidad.

3. Momento de Meditar:

Para esta meditación de abril les proponemos preguntarnos y responder grupalmente:

¿En qué aspectos personales, grupales y como Familia Vicenciana no estamos trasparentando la alegría, la novedad y el mensaje de Cristo Resucitado?

4. Momento de Comprometernos:

El acontecimiento de la Pascua es el que da sentido a cada una de las obras vicencianas en el mundo. Como dice San Pablo, si Cristo no ha resucitado entonces vana es nuestra predicación (1Cor. 15,15). Por esa razón, el compromiso de esta cuarta Lectio Vicenciana que se ubica en el inicio del tiempo pascual debe ayudarnos a vivir de mejor manera nuestro testimonio de la Resurrección de Cristo.

En concreto, acerquémonos al árbol del compromiso y escribamos en este cuarto fruto una responsabilidad nueva que como consagrado o laico vicenciano me siento llamado a asumir para que toda la comunidad, y no sólo en particular, seamos para los pobres una imagen de Cristo Resucitado que alegra, da esperanza, entusiasma y nos ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo.

ORACIÓN PARA EL AÑO JUBILAR DEL 400 ANIVERSARIO DEL CARISMA VICENTINO

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.
Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.
Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.
Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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