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Una mujer llamada Luisa de Marillac

La vida siempre nos presenta sorpresas. Muchas veces son sorpresas positivas, encantadoras. Otras veces, son sorpresas que causan dolor y sufrimiento. Tanto una como otra, siempre esperamos que nos lleven a un crecimiento como persona humana.

Acumulamos hechos y acontecimientos y, esa sumatoria de experiencias hace con que nos volvamos más humanos. Cada experiencia trae sus debilidades y desalientos, consecuencias de nuestra propia historia personal. La gran virtud está en poder superar todos los momentos negativos que por casualidad hayan sido acumulados y sustituirlos por registros positivos y que produzcan frutos para uno mismo y para el prójimo.

Cuando pienso en esto, recuerdo a una mujer llamada Luisa de Marillac. Para quien conoce un poco de su vida puede luego imaginar que, sobre ella, recae una gran historia de superación. Una mujer que, pese a las innumerables luchas interiores que le acompañaron durante su vida, se transformó en una mujer completa de alma y de corazón.

Cuando en el auge de su vida, asumió con la potencialidad de su fe, proyectos osados que solamente podremos encontrar en personas de determinación. Todos los proyectos con objetivos claros y precisos.

Cuando entendió la misión para la cual Dios le llamara, no vaciló en invertir toda la su potencialidad en los servicios que debía realizar. Es una Santa porque todo aquello que coordinó e hizo, sirve y servirá como fundamento para toda y cualquier tarea a ser realizada en el cuidado de los Pobres.

Quiero enumerar aquí, algunos de esos aspectos:

1º Luisa de Marillac es una mujer de una inteligencia sin igual. Sus escritos y cartas, aun no tan bien conocidos por muchos, revelan esa sabiduría, señalan perfectamente la esencia de los valores de los Evangelios. Las orientaciones que, juntamente con Vicente de Paúl, dio a las Hijas de la Caridad y a otros grupos con los cuales trabajó, muestran la firmeza de los fundamentos establecidos.

2º Luisa de Marillac fue una mujer organizadora. Al inicio reunió jóvenes y les dio una sólida formación para que pudiesen, sin temor, estar al servicio de los Pobres. Podemos imaginar la dimensión de su capacidad organizadora en la tarea de organizar esas jóvenes y prepararlas para la realización de los trabajos diarios: encuentros con los enfermos y el cuidado de las personas mas desprotegidas; planeación de todas las tareas para prestar un buen servicio a los Pobres; ofrecer orientaciones y formación para que las “Siervas de la Caridad” pudiesen ser testimonio vivo y efectivo de la ternura y de la bondad de Dios.

3º Una mujer educadora. Luisa de Marillac sabía de la importancia y de la necesidad de la educación. Ella, con Vicente de Paúl, en todos los lugares donde se establecía una casa de las Hijas de la Caridad, siempre, se construía una escuela al lado de la casa. Aunque esas escuelas fueran constituidas para los niños, participaba toda la comunidad: padres y madres de los niños, jóvenes y adultos, todos, de acuerdo a sus posibilidades, recibían orientaciones formativas para que pudiesen ser responsables de sus vidas y agentes de transformación. La superación de la pobreza era el foco. La vida digna era el objetivo.

Mizael Donizetti Poggioli – CM

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