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San Justino de Jacobis: fundación de la Iglesia Católica en el Norte de África

San Justino de Jacobis misionero en Eritrea y Etiopía y sus éxitos en la fundación de la Iglesia Católica

Justino de Jacobis, misionero vicenciano de altas dotes de santidad y comprensión, aprendió de su fundador, San Vicente de Paúl, una lección básica: seguir la Providencia de Dios. Fue la Divina Providencia la que le enseñó cómo tratar a la gente a él confiada en su nueva misión. Sabía muy bien que durante siglos los misioneros católicos habían hecho cuanto estaba en sus manos para establecer la Iglesia Católica en ambos países, pero sin éxito alguno. Justino pidió a Dios que le inspirara interiormente cómo conquistar los corazones y las mentes del pueblo etíope. Y la Divina Providencia respondió, concediendo a Justino una notable visión de la cultura y tradiciones del país que era su nueva misión. En más de un aspecto, se estaba anticipando, en casi cien años, a la visión del Vaticano II de la cultura y su importancia. En su tiempo resultaba con frecuencia difícil a los misioneros extranjeros aceptar y vivir la cultura de su territorio de misión. La Providencia fue abriendo el camino a San Justino, nuevo Prefecto Apostólico, hasta abrazar las tradiciones y cultura de la gente, y anunciarles así el mensaje del Evangelio.

De esta forma, abriéndoles su corazón, pudo Justino no sólo ganarse a muchos de ellos, sino también ayudarles a abrir sus corazones a la palabra de Dios. A partir de este punto la Iglesia Católica iría echando raíces profundas en las tierras de Eritrea y Etiopía, y pronto ofrecería mártires por la fe. Todo se debió en gran parte a la profunda visión de San Justino y a su santidad. Mantuvo la esperanza y trabajó por una Iglesia Católica con un rostro etio-eritreo. En esto, él tuvo éxito donde otros habían fracasado. Razón por la que se nos permite afirmar que San Justino de Jacobis es el fundador de la nueva generación católica. Porque él, al asimilar todo el valor positivo de su país de adopción, logró edificar la estructura de la Iglesia Católica sobre sólida base. Esta pequeña comunidad habría de sufrir acoso y persecución. Pero resistiría y sobreviviría.

En su misión de evangelización, San Justino viajó de pueblo en pueblo. Cuando decidió establecer puestos de misión, confiaba su administración a sacerdotes y seminaristas, mientras él iba a nuevos lugares a evangelizar a nuevos pueblos. Al llegar a un lugar, Justino alquilaba uno o dos “hidmos” (pequeñas residencias locales) para él y para la gente que le acompañaba. Luego invitaba a los pobres y gente sencilla a visitarle, hablar con él, y a rezar con él también.

Como verdadero hombre de Dios, predicaba el Evangelio de manera tan sencilla que le entendía la gente, y les gustaba. Su vida era un ejemplo vivo para ellos, y esto contribuía a cambiar, poco a poco, pero con seguridad, la imagen que tenía la gente a menudo de la Iglesia Católica y de los propios católicos.

Durante los veinte años de predicación del Evangelio en Eritrea y Etiopía, San Justino recorrió miles de kilómetros visitando poblados grandes y pequeños. A donde iba, predicaba la Buena Nueva con palabras y hechos, y animaba a las pequeñas comunidades que fundaba a llevar vida de integridad y de fidelidad a sus creencias. Así, sus continuadores se ganaron una buena reputación y el respeto del común de creyentes ortodoxos. Debido a las continuas persecuciones de las autoridades civiles y religiosas, no se ganó muchos discípulos. Pero fue muy bien recibido en todas partes por su gran respeto a la gente.

La primera fundación de la comunidad católica en Adwa

Los años de 1769 a 1855 son conocidos como la “Edad de los Príncipes”, en la historia de Etiopía. No existía ninguna autoridad gubernativa central en la parte norte del país. Sólo había varias autoridades provinciales y regionales. En este contexto, Adwa era un centro administrativo y comercial. Y Ubie era su príncipe regional, cuya residencia no distaba mucho de la ciudad de Adwa. Hacia finales de 1839, Adwa había sido elegida como residencia del recientemente nombrado Prefecto Apostólico, Justino de Jacobis. Fremona, a las afueras de Adwa, había sido un centro de los misioneros jesuitas unos dos siglos antes de la llegada de Justino.

De Jacobis predicó el primer sermón en enero de 1840. Sus primeros esfuerzos suscitaron opuestos sentimientos a la vez que la admiración de la gente y del clero ortodoxo de Adwa. Abrió también la posibilidad de reunir en torno a él la primera comunidad católica. Pero durante la ausencia de Justino de Adwa en 1841, Abuna Salama, el recién consagrado obispo ortodoxo de Egipto, se propuso destruir esta pequeña comunidad católica excomulgando a todos sus miembros y simpatizantes. Algunos de estos recién convertidos, temiendo la excomunión que les privaba automáticamente de los sacramentos ortodoxos y de funeral en la Iglesia, abandonaron la fe católica y se volvieron formalmente a la Iglesia Ortodoxa. A pesar de este revés, los fieles de la nueva comunidad católica continuaron creciendo sin interrupción. Lo cual era bien conocido de las fanáticas autoridades eclesiásticas ortodoxas. Al Prefecto se le negó el acceso a todo espacio de culto público y tenía que celebrar la santa sisa y conferir los sacramentos del bautismo, confirmación y confesión en secreto, en lugares ocultos.

Las autoridades ortodoxas consideraron que la presencia de Justino era un escándalo y un sacrilegio. Él y la comunidad católica fueron denunciados ante el obispo ortodoxo, Abuna Salama. Por suerte, el príncipe local Ubie respetaba mucho a Justino y por ello sus enemigos ortodoxos no pudieron llevar acabo sus planes de expulsar al Prefecto y de destruir la pequeña comunidad fundada por él. Ubie concedió a De Jacobis Enticio, un pequeño centro que incluía unas pocas aldeas a su alrededor. Ésta fue la recompensa por el servicio que prestó a la delegación que fue a Egipto para pedir un nuevo obispo para Etiopía.

Adwa estaba también cerca de Addi Abun, residencia del obispo ortodoxo. La presencia de la comunidad católica tan cerca del Obispo resultó intolerable. Las demás autoridades ortodoxas continuaron también su oposición. Trataron mal a De Jacobis y a sus compañeros, y amenazaron a las familias recién convertidas con la excomunión y el hostigamiento.

No le quedó elección al pobre Prefecto sino salir de Adwa. Convencido de la providencia de Dios, Justino buscó un lugar apropiado para vivir pacíficamente y continuar su ministerio. En 1844, viajó a Eritrea donde permaneció medio año en el área de Zeazega. Luego regresó a Agame. Antes de sacar a su clero de Adwa, fundó una pequeña comunidad católica en Enticio, cerca de allí, en donde el recibió la tierra pero no quiso que fuera registrada a su nombre sino al del señor Shimper[1].  Aquí, le dio un trozo de tierra un delegado del gobierno alemán, llamado Sr. Shamir. Este señor, que antes había sido protestante, fue recibido en la Iglesia Católica por Justino, y se casó con una mujer católica del lugar. Con esta concesión de tierras, el Prefecto pudo construir una pequeña casa y un oratorio, y nombró a un sacerdote para cuidar de la comunidad así como a un “debtera” (un maestro de ceremonias litúrgicas) para enseñar catecismo y música litúrgica. De Jacobis y su cohermano Biancheri decidieron seguir adelante, pero vendrían de vez en cuando a visitar a la comunidad. En mayo de 1845 la mayor parte de los sacerdotes y seminaristas se cambiaron a Guala, donde mientras tanto, Justino había comprado un trozo de tierra y construido el Seminario de María Inmaculada.

Por Abba Iyob Ghebresellasie, C.M.

Provincia de Eritrea

Publicado en Vincentiana 2001-06-08

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[1] Delegado del gobierno alemán en el área. Justino quiso con esta decisión evitar suspicacias e innecesarias reacciones de parte de sus oponentes.

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