La reflexión sobre este relato me ha ayudado a comprender más plenamente el significado del Adviento como el gran misterio que nos lleva a la celebración de la Encarnación de Cristo en Navidad. (De la Carta del Superior General)
A todos los miembros de la Congregación de la Misión.
Queridos Hermanos:
¡Que la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo llenen vuestros corazones ahora y siempre!
Un relato de Navidad para la Reflexión de Adviento, en 2007.
Como en los años anteriores, me gustaría comenzar la Reflexión de Adviento con un relato de mi historia pasada como misionero. La reflexión sobre este relato me ha ayudado a comprender más plenamente el significado del Adviento como el gran misterio que nos lleva a la celebración de la Encarnación de Cristo en Navidad. Uno de nuestros cohermanos panameños y dos colaboradores laicos de nuestra parroquia de Puerto Armuelles, crearon un programa para niños, llamado Anni, que se celebraba anualmente el día de Navidad. Un año, cuando volví a la parroquia de Puerto Armuelles, como parte de mi formación continuada para Director del Seminario Interno, tuve ocasión de comprometerme en la planificación, preparación y realización del Programa de Navidad. Me explico.
Después de mis primeros tres años de trabajo misionero en Panamá, en la parroquia de Puerto Armuelles, que comprendía 25 pueblos con la ciudad principal, San Vicente, fui llamado por mis superiores a participar en la formación, lo que hice por dos años en nuestra casa de Filosofía y por otros dos, en la de Teología. Entonces me llamaron para ser Director del Seminario Interno, después de asistir a un programa de formación continua, por un periodo de cuatro meses. Al terminar este programa, mis superiores me preguntaron qué más podría querer para prepararme a mi cometido. Tendría aproximadamente siete meses más para hacerlo.
Yo pensé, oré y discerní hasta caer en la cuenta que el mejor modo de prepararme para el trabajo en el seminario interno, era volver a las misiones. Por lo que me ofrecí voluntario para volver a la parroquia en la que había comenzado como misionero en Panamá. Fue allí donde se me dio, una vez más, la oportunidad de servir al pueblo por un periodo de siete meses. Al final de este tiempo de preparación, fue cuando participé en la celebración de Anni. Anni fue concebido por sus fundadores para que los niños se reunieran para celebrar con alegría, como sólo los niños saben hacerlo, el nacimiento de Jesús, el día de Navidad.
Hubo una gran reunión de niños del llamado barrio de San Vicente. El día transcurrió entre juegos, canciones carreras, risas simplemente siendo libres. Empezamos la jornada pidiendo a los niños que pensaran que Jesús había nacido y que esto era un motivo para estar alegres, porque era la señal de que Dios ha traído su amor hasta nosotros, amor y alegría que estamos llamados a compartir unos con otros. Al final del día, se les dio a los niños una bolsa con golosinas que incluía frutas y pastas alimenticias. Un día bien aprovechado terminó con un regalo de provecho.
Quiero reflexionar sobre esta experiencia del Anni, ante todo y sobre todo, como una manera de celebrar la Navidad, distinta de otras que he experimentado en el pasado. De una manera sencilla, yo aprendí que en Navidad no se trata de lo que yo pueda conseguir, sino, en parte, de lo que yo pueda ayudar a los demás a apreciar y celebrar con alegría la bondad de Dios para con nosotros, cuya mejor expresión es la venida de Dios a nosotros en la persona de su Hijo Jesucristo, en el día que nosotros celebramos, en muchas partes del mundo, el 25 de Diciembre o el 6 de enero. El enfoque no ha de estar tanto en las cosas como en las actitudes y en ser capaces de celebrar estas actitudes.
Otra cosa que me llamó la atención en el programa Anni fue la seriedad con que los miembros del equipo trabajaron en el programa, así como la participación de otras personas del barrio, que querían contribuir a que la jornada fuera un éxito. ¡Qué claro manifestaban los adultos el deseo de ayudar a unos niños, que normalmente no hubieran tenido oportunidad de celebrar nada!. Querían poner un poco de alegría en sus vidas.
En la jornada hubo alegría en ver la energía, la plenitud de gozo que los niños manifestaban. Fue una manera de conmover el corazón de los adultos que les acompañábamos, quizá la oportunidad de ser conmovidos por el niño interior al que, a menudo, no dejamos celebrar la vida. Uno queda abrumado por la seriedad con que tenemos que cumplir nuestras responsabilidades y deberes, que cuando se cumplen sobre la base de la cotidianidad, tienen el peligro de secar nuestra espontaneidad, nuestra infantilidad, nuestras expresiones de alegría y sí, nuestras actitudes festivas. Recuerdo que al final del día me quedé con el sentimiento de que merece la pena ser niño de nuevo.
Al reflexionar en el Adviento, sobre la plenitud de alegría de los niños y la maneras alternativas de celebrar la Navidad, me pregunto cómo podremos ayudar a otros a vivir la Navidad de otra manera, sobre todo a aquellos que no parece que tengan otra alternativa. Pienso en la gente a la que Vds. sirven ministerialmente: migrantes, encarcelados, drogadictos, jóvenes que tiene alternativas de vida reflejadas en sus rostros y a los que, sin embargo, tales alternativas más que darles la vida, se la echan a perder. ¿Qué podemos hacer para celebrar con ellos la vida y el amor de Dios entre nosotros? ¿Cómo podremos traerles la alegría desbordante y la fiesta total de los niños para que ellos puedan celebrar la nueva vida que Jesús viene a traernos en Navidad?
Quizás podamos hacer esto, buscando alternativas con y para los pobres a los que atendemos. Puede que el hacer esto, nos lleve también a una manera más profunda de relacionarnos con aquellos que estamos llamados a servir, así como con aquellos con los que compartimos y vivimos nuestras vidas. Trabajando juntos en nuestras comunidades o con la Familia Vicenciana, podemos romper las cadenas del anquilosamiento de hacer lo mismo cada año y renovar dentro de nosotros mismos el espíritu de la Navidad, al ayudar a renovar este espíritu en aquellos a quienes servimos ministerialmente.
En nuestras comunidades locales, en las asociaciones o con la Familia Vicenciana, podemos reflexionar sobre cómo trabajamos en equipo, no sólo al prepararnos para Navidad, sino en nuestro servicio a los pobres a lo largo del año. ¿Hacemos nuestro servicio con la actitud de conseguir algo o con la actitud de ser capaces de hacer algo para que los demás conozcan más plenamente el amor de Dios? En otras palabras, ¿qué podemos hacer para los demás, para celebrar con ellos la vida y el amor de Dios entre nosotros? Dentro de nuestras comunidades, asociaciones o Familia Vicenciana, ¿qué hacemos para ayudar a conservar nuestro niño interior vivo, gozoso y feliz? ¿Cómo nos las arreglamos juntos para recrear y renovar el amor de Dios? Para hacer esto, ciertamente podemos aprender algo de los niños. Navidad no es cosa de niños. Pero es cuestión de alegría, nueva vida y celebración de la nueva vida entre nosotros, la nueva vida que es Jesús constantemente presente entre nosotros.
El Adviento está encima. Un tiempo que nos prepara para la Encarnación de Cristo que celebramos en Navidad, en nuestras comunidades locales, o en las diversas asociaciones de la Familia Vicenciana, ¿cómo vivimos esta experiencia de Navidad? Quizá el Adviento pueda ser un tiempo para buscar maneras alternativas de celebrar, maneras diferentes a las acostumbradas, maneras que nos pueden ayudar a profundizar en la realidad de lo que se trata en Navidad. Puede ser un tiempo de alegría al saber que Dios nos ama y que Dios está entre nosotros. Y esta alegría es más completa cuando la compartimos entre nosotros.
Vuestro hermano en San Vicente
Gregorio Gay, C.M.
Superior General
