Superior General: Cuaresma 2007

Al comenzar este periodo santo de Cuaresma, pido al Señor que sea un tiempo de muerte y resurrección para todos y cada uno de vosotros, hermanos míos en la Congregación de la Misión. Cuando reflexionamos sobre la Cuaresma, quizás uno de los pasajes de la Escritura que más nos viene a la mente y nos ayuda a ver lo que el Señor nos pide es el del grano de trigo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24). Queridos Hermanos,
¡La gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo llenen sus corazones ahora y siempre!

Al comenzar este periodo santo de Cuaresma, pido al Señor que sea un tiempo de muerte y resurrección para todos y cada uno de vosotros, hermanos míos en la Congregación de la Misión. Cuando reflexionamos sobre la Cuaresma, quizás uno de los pasajes de la Escritura que más nos viene a la mente y nos ayuda a ver lo que el Señor nos pide es el del grano de trigo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24). Que este tiempo de Cuaresma sea un tiempo para morir a nosotros mismos, personal y comunitariamente, para que podamos vivir más plenamente en Jesucristo el Señor, cuya pasión, muerte y resurrección es el punto central hacia el que converge de la Cuaresma.
Me gustaría sugerirles que en su meditación durante este tiempo, para que puedan vivir plenamente la Pascua del Señor y experimentar una vez más la novedad de la vida que viene de la Resurrección, se centren en su propia identidad como miembros de la Congregación de la Misión, examinando cómo viven las virtudes que San Vicente nos dio como características de su espíritu. Son como las cinco piedras que el joven David usó para matar al gigante Goliat. Son los pilares fundacionales sobre los que se asientan los miembros y la Congregación en su totalidad. David, aunque era pequeño y débil en comparación a Goliat, permaneció fuerte y firme, confiando en si mismo y creyendo que Dios estaba con él para hacer frente al obstáculo gigante.
Las virtudes características nos ayudan a permanecer fuertes ante cualquier obstáculo que nos dificulte vivir plenamente la vocación a la que hemos sido llamados. Como sabemos, las virtudes características son aquellos valores evangélicos que San Vicente “admiraba de modo especial en Jesucristo.” Son virtudes que él necesitó y, aún más, que él se esforzó en vivir, comprender y poner en práctica durante toda su vida.
Aquí tienen algunas reflexiones breves sobre cada una de las virtudes características. Les ruego tomen en serio reflexionar sobre ellas y que la gracia de Dios les acompañe en el proceso.
Sencillez. San Vicente dijo, “es la virtud que más amo” (SV I 284), tanto que “yo la llamo mi evangelio”. “Tengo devoción especial y consuelo en decir las cosas como son”. Estas palabras pueden ayudarnos a identificar la sencillez en su significado real como verdad, sinceridad, transparencia. Vivir plenamente la sencillez nos ayudará a evitar ser falsos, decir una cosa y significar otra, o decir una cosa a la cara de una persona y otra a sus espaldas. Estamos llamados a ser sencillos, a decir las cosas como son, pero, debo añadir, siempre con sinceridad hacia el otro. Como San Vicente nos dice, es la libertad para hablar a los otros “con plena confianza, sin ocultar o disfrazar nada” (SV I, 284).
Hay situaciones que exigen vivir verdaderamente la sencillez: cuando los amigos se sientan y hablan, incluso sobre temas difíciles, o en la relación entre el superior local y los miembros de la casa, cuando las entrevistas personales pedidas por las Constituciones se realizan con absoluta sencillez. La sencillez debe estar presente también en los “candidatos” que quieren comprometerse en el seguimiento de Jesucristo en la Congregación de la Misión. También se exige la sinceridad a nuestros miembros en periodo de formación, especialmente con relación a sus formadores y directores espirituales.
Humildad. San Vicente la llama “la virtud característica de la misión. Oh santa virtud, qué hermosa eres. Oh pequeña Compañía, qué amable serás si el Señor te concede esta gracia” (SV XII, 206). De nuevo san Vicente llama a la humildad “la virtud de Jesucristo,…de su santa madre,…de los santos más grandes,…es la virtud de los misioneros” (SV XI, 56-57).
La humildad es la virtud que nos capacita para reconocer y admitir nuestras debilidades y limitaciones, creando así la posibilidad de confiar más en Dios y menos en uno mismo. Al mismo tiempo, la humildad nos capacita para reconocer nuestros talentos, unos talentos que deben ponerse al servicio de los otros. Es la virtud que permite a los pobres acercarse a nosotros. Es la virtud que nos ayuda a ver que todos son iguales a los ojos de Dios. Nos capacita, al mismo tiempo, para acercarnos a los pobres.
En oposición a los humildes, están ciertamente los soberbios de corazón, personas con una actitud de “yo soy mejor que el otro,” que miran a los demás por encima del hombro. La humildad es una virtud que capacita a los misioneros para inculturarse, en otras palabras, hacerse uno con los otros, especialmente con los pobres. Como San Vicente dice en otro lugar, es un “abandono perfecto de todo lo que eres o puedes ser” (SV III, 279) con confianza en él que es nuestro único Señor, Jesucristo. Una vez más, si nos afianzamos en la humildad, haremos de la compañía un paraíso y las personas notarán lo felices que somos (cf. SV X, 439).
Mansedumbre. Yo llamo a la mansedumbre la virtud vocacional, o como dice el mismo San Vicente, “un estilo amable gana los corazones y les atrae” (SV XII, 198). Y de nuevo, “Si no se puede ganar a un hombre por la amabilidad y la paciencia, será difícil conseguirlo de otra manera” (SV VII, 226). Otras palabras que podemos usar hoy con relación a la palabra mansedumbre, serían, bondadoso, cortés, amable, simpático. En un sentido está relacionada con la humildad en cuanto que es la virtud que permite al pobre acercarse a nosotros. Es la virtud que nos hace cercanos.
La mansedumbre no es agresiva, airada, ruidosa. Ciertamente es una virtud clave en la comunidad. Es la virtud que ayuda a construir la confianza de unos con otros, porque cuando somos amables, los que son tímidos se abrirán a nosotros. San Vicente dice “no hay personas más constantes y estables en hacer el bien que los que son mansos y amables” (SV XI, 65)
Un tema relacionado con la mansedumbre es el de la hospitalidad, que es una característica que debería distinguir al Vicenciano: una persona acogedora; una persona que está atenta a las necesidades de los otros, y en particular de aquellos que han venido de lejos.
Mortificación. Es la virtud de la Cuaresma. Estamos llamados a morir a nosotros mismos. Es la virtud que nos pide entregarnos totalmente, pensar primero en los otros, pensar primero especialmente en los pobres antes que en nosotros mismos. Como dice San Vicente, “los santos son santos porque siguen las huellas de Jesucristo, renuncian a si mismos, y se mortifican en todas las cosas” (SV XII, 227). Y como dice también, “la oración y la mortificación son dos hermanas tan íntimamente unidas que la una nunca se encuentra sin la otra” (SV IX, 427).
El tiempo de Cuaresma es un tiempo de oración y de ayuno. Ayunar significa mucho más que privarse simplemente de comida. Es la práctica tradicional cristiana, que nos ayuda a morir a nosotros mismos. Uno de los peligros en que fácilmente caemos es querer estar pendientes de nosotros mismos hasta el punto de no estar dispuestos, a veces, a hacer incluso algunos pequeños sacrificios por los demás. Otro peligro es pensar primero en mis necesidades, mis ocupacions y, por consiguiente, mi comodidad. Ahí está el peligro de la no disponibilidad para dar un paso más por el otro. Como dice San Vicente, el don de la mortificación “solamente se consigue por la repetición de actos” (SV V, 436). Que esta Cuaresma sea para nosotros un tiempo propicio para practicar el arte de la mortificación.
Celo por las almas (o pasión por la humanidad). San Vicente dice que “si el amor de Dios es el fuego, el celo es la llama” (SV XII, 307-308). Es la consecuencia de un corazón verdaderamente compasivo. Se trata de la pasión por Cristo, pasión por la humanidad, y pasión especialmente por el pobre. El celo es una virtud verdaderamente misionera. Se expresa en la disponibilidad, la disposición para el servicio y la evangelización incluso cuando uno es mayor y está enfermo. Como dice San Vicente, “y yo mismo, anciano y enfermo como estoy, no debería dejar de estar disponible, sí, incluso para ir a las Indias a ganar almas para Cristo” (SV XI, 402).
Relacionado con el celo está el entusiasmo, que llama a la acción. Como dice también San Vicente, “Amemos a Dios, hermanos míos,… pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente” (SV XI, 40). Podemos entender el celo como una expresión concreta del amor efectivo, que está motivado por la compasión o, en otras palabras, el amor afectivo. Como afirma San Vicente, “imagina entonces que hay millones de almas tendiendo sus manos hacia ti y que te llaman por tu nombre (cf. SV I, 252).
La Congregación intenta expresar su espíritu también con las cinco virtudes sacadas de su peculiar visión de Cristo, a saber: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas, de las cuales dijo San Vicente: “En el cultivo y la práctica de estas virtudes la Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera y deben animar las acciones de todos nosotros” (RC, II, 14) (C 7).
La Cuaresma es un tiempo de gracia. Que sea para nosotros una gracia especial, que nos ayude a ser lo que estamos llamados a ser, miembros de la Congregación de la Misión, fieles en el seguimiento de Jesucristo, Evangelizador de los Pobres.
Vuestro hermano en San Vicente,
G. Gregory Gay, C.M.
Superior General

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