Como siempre, Dios nos invita a la santidad en comunidad. Al compartir el mensaje de Cuaresma con los que servimos, debemos tener cuidado en estimular tambien la eficacia de la Cuaresma en nosotros. Quisiera recomendarles enérgicamente, Hermanos míos, que esta Cuaresma compartamos un esfuerzo común para mejorar nuestra oración comunitaria.
6 de febrero de 2008
Miercoles de Ceniza
A la Congregación de la Misión
Queridos Hermanos,
¡Que la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo llenen sus corazones ahora y siempre!
La Cuaresma de este año 2008 ha llegado sobre mí rápidamente. Tanto que temo que muchos de ustedes, en comunidades distantes, no recibirán esta comunicación al comienzo de la Cuaresma.
Lo que yo quisiera compartir con ustedes este año viene de un diálogo que tuve vía Internet con un misionero que tenía una preocupación legítima sobre la calidad de la oración comunitaria en su comunidad local. En los comentarios de ida y vuelta, cada uno reflexionaba en lo que considerábamos significativo con relación a nuestra vida de oración en común. En un momento, dado que me gustaba la calidad de sus reflexiones, le pregunté si podría sintetizar algunos pensamientos para poder incorporarlos en mi carta de Cuaresma de 2008. El mostró su acuerdo, así que les presento aquí un resumen de nuestras reflexiones sobre la oración en común.
Al prepararnos a celebrar el don de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos llama a unirnos más profundamente a los sufrimientos y la muerte abnegada y obediente de Jesús, por una conversión de mente, corazón y espíritu. Hace justamente dos semanas, todos reflexionábamos en el significado de la conversión mientras celebrábamos la fiesta de la Conversión de San Pablo. La misma conversión de Pablo tuvo un impacto importante en la conversión de San Vicente de Paúl. Esta año, durante la fiesta fundacional, me encontraba yo en Camerún. Siempre hay algo maravilloso sobre la Palabra de Dios; no importa cuantas veces hayamos escuchado un determinado texto, es tan dinámico que algo nuevo puede tocar nuestros corazones y profundizar nuestra propia reflexión.
Este año me impactó el hecho de que el concepto de conversión como la de San Pablo, está íntimamente vinculado con la misión. El primer domingo que sigue al Miércoles de Ceniza, escuchamos la llamada a la conversión del cobrador de impuestos, Levi, conocido como un pecador notorio e injusto y llamado así por los Fariseos. Pero es precisamente a los como él a quien el Señor ha venido a llamar. Leví llegó a ser discípulo de Jesús respondiendo a la invitación “Sígueme.” Espero que este periodo de Cuaresma, en la medida en que somos llamados tanto a la conversión personal como a la conversión comunitaria, todos podamos conectar íntimamente nuestra conversión con el deseo de ser más fieles en el seguimiento de Jesucristo en la misión que Él nos ha dado: evangelizar y servir a los pobres.
Como siempre, Dios nos invita a la santidad en comunidad. Al compartir el mensaje de Cuaresma con los que servimos, debemos tener cuidado en estimular tambien la eficacia de la Cuaresma en nosotros. Quisiera recomendarles enérgicamente, Hermanos míos, que esta Cuaresma compartamos un esfuerzo común para mejorar nuestra oración comunitaria. Hace unos cuantos años, el P. Maloney nos pidió que hiciéramos nuestra oración más hermosa para Dios y más atractiva para los jóvenes. Intentaba que esa invitación rehiciera toda nuestra oración cada día, no solamente como una experiencia ocasional. Estoy reiterando esta llamada a ustedes, una llamada a mejorar la oración diaria de nuestra comunidad.
Y quisiera añadir otra nota: que recemos juntos para que nuestra vida de comunidad pueda ser mejor. San Vicente nos pide vivir juntos como hermanos queridos. En el pasado la fidelidad se media muchas veces por la observancia de una regla universal con un orden del día que era casi el mismo en todo el mundo. Hoy, la fidelidad se puede medir por la observancia de la alianza que uno ha hecho con los demás miembros de la casa. La alianza, por supuesto, comprende no solo nuestro compromiso común sobre una misión apostólica, sino también nuestro compromiso a apoyarnos el uno al otro en la vida comunitaria y en la oración. Les pido que profundicen su compromiso y su cooperación con los miembros de su casa para orar juntos en un verdadero espíritu de comunidad como San Vicente espera. Fue Vicente que dijo:
“Dadme un hombre de oración y será capaz de todo. Puede decir con el apóstol, “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. La Congregación permanecerá mientras lleve fielmente a cabo la práctica de la oración, que es como una defensa inexpugnable que defiende a los misioneros de toda clase de ataques” (SV, XI, 83 Coste)
Todos estarán de acuerdo en que decir oraciones no garantiza necesariamente que estemos orando. Necesitamos orar juntos de tal manera que nos permita descubrir y compartir nuestra interioridad, nuestra fe y nuestras dudas, nuestros temores y nuestra confianza, nuestros relatos de eficacia y nuestros fracasos, nuestro compromiso de ser verdaderamente Vicencianos. La oración debería ayudarnos a conocer y valorar el uno al otro como individuos dentro de la comunidad, ayudarnos unos a otros apacible y fielmente, promover tolerancia y apertura a los dones diferentes que da el Espíritu a cada uno de nosotros. Puede suceder que el rezo del Oficio, tan importante como es, no siempre apoye los objetivos de nuestras oraciones comunitarias como hermanos. A veces el rezo del Oficio puede ser monótono, sin vida; a veces demasiado rápido o sin la verdadera armonía, condiciones que debemos corregir con abnegada dedicación. La forma tradicional de rezar el Oficio no siempre nos da espacio para el compartir interpersonal y fraterno.
Les animo a dialogar juntos como hermanos queridos en su casa para encontrar formas significativas y fraternas de orar como piden nuestras Constituciones. (C 46) Entre nosotros, muchos han reunido formas de oración de encuentros comunitarios, libros, parroquias u otras situaciones. Puede tratarse de oraciones sencillas, con momentos de silencio y tiempos para compartir del corazón el uno al otro. Pueden ser incluso oraciones espontáneas cuando estamos entre hermanos. Otra forma útil de oración en común es la Lectio Divina, una forma de oración muy popular hoy en la Congregación.
Una o más veces por semana tomen las lecturas bíblicas del día, o las lecturas del domingo, y compartan lo que quieren decirnos personalmente y cómo predicaríamos sobre los textos. Algunos pueden encontrar útil la música grabada para apoyar su canto, o como fondo a su oración silenciosa. Los misioneros de una casa deberían tratar abierta y sinceramente el tiempo y el lugar para encontrar la situación más conducente a una buena oración.
Que cada misionero participe en la preparatión de la oración diaria, utilizando todo que tenga de experiencia y creatividad, siendo todos los demas suficientemente humildes para aceptar las opciones de su hermano y entrar en la oración con todo corazón. Los misioneros que trabajan con la juventud o que son jóvenes pueden ofrecer ideas útiles para hacer nuestra oración atrayente a la juventud. Necesitamos encontrar un equilibrio funcional entre modelos que crean espacio familiar y cómodo para nuestra oración y una variedad útil que nos mantenga en crecimiento.
Además de la oración de la mañana y la de la tarde, existen otras oportunidades para hacer más orante nuestra vida en común. Por ejemplo, una casa podría añadir a su horario semanal o en alguna ocasión, oraciones a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, el Rosario, una celebración penitencial, una celebración de la unción de enfermos a un misionero, tiempo añadido de oración en días festivos, acción de gracias en la comida; todo nos permite profundizar el compartir de nuestra oración y llenar nuestro deseo de vivir orando dentro del círculo vital de nuestros hermanos.
Las formas de oración pueden llegar a ser menos orantes por razón de la excesiva monotonía. Por ejemplo, si la bendición de la mesa es siempre la misma, podríamos dejar de orar y aparecer solamente recitando palabras.
Existe otra dimensión de la oración que implica principalmente a los sacerdotes, pero todos deberían dedicar tiempo para examinar nuestra participación en las celebraciones de la Eucaristía. San Vicente fue una fuerza importante en la reforma de la Liturgia de su tiempo. (Ver Coste I, XIII para ver el panorama de la liturgia en tiempos de San Vicente y su determinación para mejorar la Liturgia entre el clero.) Los retiros para Ordenandos, las Conferencias de los Martes, el trabajo con los ordenados y los seminarios, todo incluido como parte de sus objetivos para mejorar el conocimiento y las prácticas litúrgicas de cada celebrante. Como Vicente, vivimos en una época en que la Iglesia está experimentando los cambios que siguen los nuevos estilos de un Concilio ecuménico. Algunos aceptan estos cambios, y otros se resisten a ellos. Nosotros debemos seguir el ejemplo de nuestro Fundador aceptando las enseñanzas de la Iglesia de ser hombres que en nuestra propia práctica guiamos con nuestro ejemplo.
Reconozco que exijo mucho, pero ¿qué es más importante para cualquiera de nosotros que la Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida cristiana? (C 45 §1.) Les pido, por consiguiente, revisar las rúbricas y examinarse personalmente para ver si se
han permitido algunas opciones personales, o comodidad, o una actitud que, “no importa” manchar su celebración con elementos inapropiados. Existía una costumbre entre nosotros de repasar las rúbricas de la Eucaristía como parte de nuestro retiro anual. Esto podría ser una práctica buena entre nosotros ahora, quizás incluso como casa.
Existen también con frecuencia expertos diocesanos en liturgia o miembros de instituciones educativas disponibles para hablar a nuestros misioneros y ayudarnos a hacer mejoras prácticas. Y en nuestro mundo actual, sería iluminador grabar en video cuando celebramos de forma habitual. Los misioneros más valientes podían mostrar el video a los demas y pedir comentarios. Necesitamos practicar la misma humildad de San Vicente y aprender que necesitamos cambiar de tal manera que podamos celebrar de acuerdo con el pensamiento de la Iglesia.
Preocupados, como lo estamos, para animar a la Familia Vicenciana, debemos cuidar especialmente esas rúbricas que desarrollan el papel de los bautizados en la Liturgia. Somos conscientes de su servicio como Lectores y Ministros de la Eucaristía por ejemplo, pero necesitamos ser sensibles a los elementos más sutiles de su participación; por ejemplo, cuando les invitamos a orar en voz alta, e.g. el credo o el Padrenuestro, no deberíamos pasar páginas o buscar lo que necesitemos después. Las respuestas al diálogo antes del Prefacio y el gran Amen debe ser dicho o cantado solo por el pueblo y no por el clero, a tenor de las rúbricas. Con relación al papel de la Asamblea resuena la dedicación de San Vicente para estimular a todos los miembros del Cuerpo de Cristo a compartir el ministerio de la Oración y el Servicio.
Debemos encontrar un equilibrio entre una rigidez extrema en nuestra celebración de la Eucaristía y rarezas individuales de creación propia. Hay flexibilidad en la Liturgia, como mostrará una buena lectura de documentos y comentarios, siempre moldeados por nuestro deseo de celebrar una Liturgia que acerca la Asamblea Litúrgica al culto mismo de Cristo, guiados por nuestra propia humildad y abnegación.
La celebración de la institución de la Eucaristía el Jueves Santo es un ejemplo fundamental de la relación entre la oración común (la Eucaristía es el ejemplo por excelencia de oración común) y la misión en donde Jesús une íntimamente servicio de caridad con el compartir de la Palabra y del Sacramento.
Hermanos, qué bendición para la Iglesia si cada uno de nosotros nos dedicamos de nuevo con abnegada humildad a unir nuestras voces con el pueblo de Dios en oración. Parafraseando a San Vicente de Paúl, “Dadme una comunidad de oración…”
En una nota práctica, a modo de conclusión, durante momentos de su oración común, les pido levantar su corazón y su mente al Señor que escucha el grito de los pobres, y rezar en particular por nuestros hermanos y hermanas en lugares conflictivos tales como Kenia, Eritrea, El Medio Oriente, Norte de la India y Colombia, que actualmente son países donde nuestros hermanos y hermanas de la Familia Vicenciana y los pobres a los que sirven están sufriendo más.
“Si nos acercamos juntos al Señor como los primeros cristianos solían hacer, Él mismo se nos dará a cambio, y permanecerá en nosotros con sus luces, y Él mismo realizará en nosotros y con nosotros el bien que estamos obligados a hacer en la Iglesia”. (Carta de San Vicente, Enero 15, 1650)
Su hermano en San Vicente,
G. Gregory Gay, C.M.
Superior General
Para una reflexión, ver. Robert Maloney, “Como amigos que se aman profundamente,” Vincentiana 44, 2000, 4/5, pp. 335-354
