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Lectio Vicenciana: Dadle la vuelta a la medalla

 El padre Rolando Gutiérrez CM de la Vice- Provincia de Costa Rica nos ofrece la lectio de este mes. Que este momento de oración y meditación nos permita afianzarnos en el carisma que nos ha heredado nuestro Santo Fundador.

1. Momento de Comprender:

Llegados al octavo mes de nuestro Jubileo por los 400 años del carisma vicentino propongo que realicemos esta lectio centrados en el extracto de una Conferencia de San Vicente que lleva por título Sobre el Espíritu de Fe (Cf. XI, 725):

No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables.

El realismo vicentino: El carisma vicentino es esencialmente realista, Vicente no tiene problema en reconocer que los pobres son vulgares, groseros y de apariencia despreciable. Existe el peligro de considerarnos vicentinos pero envueltos en una máscara sentimentalista que busca maquillar la pobreza con el apelativo de que son nuestros amos y señores (y realmente lo son, Cf. IX, 916) pero sin ser capaces de ir a las raíces que generan pobreza por estar muy ocupados dando los mismos comestibles por años y años. El realismo vicentino es el primer requisito para poder darle vuelta a la medalla. El vicentino o aprende a llamar las cosas por su nombre, llega a ser capaz de conocerse a sí mismo y sus limitaciones humanas en el servicio a los pobres, asume la realidad del sistema empobrecedor o simplemente vivirá tan entretenido en hacer cosas para los pobres que nunca profundizará en la verdadera esencia del ser vicentino. ¡No podemos tener miedo a ver la realidad de los pobres a quienes servimos ni la realidad de nuestra propia pobreza!

Las luces de la fe: No se trata de una conquista personal, sino ante todo del don de la fe que da luces al espíritu humano para ser capaz de reconocer que servir a los pobres es servir a Jesucristo. Quizá hemos repetido este axioma con tanta frecuencia que podría haber perdido la enorme grandeza que encierra: ponerse al servicio de aquellos vulgares, groseros, despreciables es escuchar la voz de Jesús decir: cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis… (Mt 25,40). Sin una auténtica vivencia de la fe resulta imposible poder vivir esta experiencia mística de la acción, por eso, con la fe con que recibimos el pan de la Eucaristía, es la misma fe con que seremos capaces de darle vuelta a la medalla para poder ver a Cristo en esos pobres a los que servimos, porque tenemos la certeza de que lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse, pero las verdades de Dios no engañan nunca (IX, 240).

Finalmente, recordando que el Papa Francisco nos ha invitado a los agentes de pastoral a renunciar al autorreferencialismo (E.G. 8 y 94) parece justo decir que para la familia del santo de la caridad darle vuelta a la medalla significa, ante todo, evitar sentirnos poseedores de un título honorífico de servidores de los pobres que nos hace mentir al llamarlos amos y señores cuando en realidad nos sentimos unas cuantas gradas por encima de ellos porque somos nosotros los que tenemos el pan y ellos quienes lo necesitan. Darle vuelta a la medalla va más allá de un simple cambio de actitud personal, se trata un compromiso comunitario, es hacer que pobres formen parte de nuestra lista de amigos, sentarnos al lado de ellos de vez en cuando para compartir la mesa como lo haríamos con cualquier de nuestros amigos.

2. Momento de Contemplar:

Traigamos a nuestra memoria algún encuentro con un hermano necesitado que nos haya marcado en nuestra vivencia del carisma vicentino. ¿Qué imágenes y recuerdos vienen a nuestra mente? ¿Qué fuerza toman en nosotros las palabras de San Vicente con las que hemos iniciado esta Lectio? Detengámonos a releer el texto principal y contemplemos en las palabras del santo nuestra propia experiencia de vida.

3. Momento de Meditar:

La meditación de esta VIII Lectio Vicentiana proponemos dos claves de reflexión personal y comunitaria:

  • ¿Qué tan realista ha sido nuestra vivencia del servicio vicentino? ¿Somos capaces de vernos a nosotros mismos y asumir nuestras propias limitaciones de forma que no sean un obstáculo para la comunidad y para el servicio a los pobres? ¿nos ocupamos de profundizar en las causas que generan pobreza a la población que atendemos?
  • ¿Los pobres nos verán como personas de fe? ¿Los pobres nos sentirán como sus amigos?

4. Momento de Comprometernos:

Una vez que hemos compartido en grupo o comunidad la reflexión que aflora en nosotros, vamos ahora a comprometernos en una actitud que nos ayude progresivamente a darle vuelta a la medalla. Pensemos en nuestra forma de servir a los pobres: ¿Qué paso más puedo dar en mi camino de configuración con Jesucristo pobre, el evangelizador de los pobres? Quizá la fórmula dada por San Vicente a las Hijas de la Caridad nos pueda ayudar: Será su principal empleo servir a los pobres enfermos, tratándolos con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción. (IX, 915).

ORACIÓN PARA EL AÑO JUBILAR DEL 400 ANIVERSARIO DEL CARISMA VICENTINO

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.
Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.
Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.
Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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