topmenu

El martirio de San Juan Gabriel Perboyre

La cosecha segada

Aquel 15 de septiembre de 1839, día de la fiesta de la Natividad de María, todo el mundo se reúne después de la misa para la comida fraternal. Juan Gabriel está allí; con el Padre Jean-Henri Baldus, y el Padre Rizzolati, franciscano, enviado como pro-vicario para visitar las comunidades cristianas del Ho-Nan. Los festejos duran poco. Una cohorte, conducida por mandarines que tienen la misión de arrestar a los misioneros por mandato del Virrey, llega avanzando a grandes pasos. Rizzolati y Baldus huyen mientras que Juan Gabriel pierde tiempo cerrando la puerta de la iglesia. Después se marcha para esconderse en el cercano bosque. Todos los cristianos, aterrorizados, huyen igualmente. Un silencio reina en la Misión. A su llegada, los soldados están furiosos y saquean todo lo que encuentran. Los objetos de culto son cogidos como pruebas de delito. Algunos cristianos son atrapados y maltratados, otros asesinados. Son llevados como prisioneros después de haber prendido fuego a la Misión.

Juan Gabriel encuentra refugio en casa de un catequista, pero este último piensa que es demasiado arriesgado. Los dos hombres se encierran, entonces, en casa de un primo. Juan Gabriel se recorta la barba para parecer un poco menos europeo. Al día siguiente, un catequista es detenido, se llama Kouan-Lao-San. Forzado por los golpes y las amenazas, conduce a los soldados hasta el escondite de los fugitivos. Juan Gabriel huye de la casa, en vano. Es atrapado al borde de un acantilado. Su compañero de fuga, que intentaba interponerse, es arrestado a su vez. El grito de alegría de los soldados, cruel y sórdido, resuena en el bosque, hasta los oídos de los demás cristianos escondidos.

Juan Gabriel es revestido de pesadas cadenas. Se le obliga a correr con ellas, a pesar de que ya no le quedan fuerzas.

Al día siguiente, algunos cristianos, que consiguieron escapar de los soldados avisan al Padre Baldus, quien no ha sido cogido. Juan Gabriel comparece ante un primer mandarín, el de Kou-Tcheng, que estaba en la ciudad de Kouanintang, el mismo lugar donde el misionero pasó su primera noche de prisionero. Frente a él, el sacerdote reconoce su identidad china: Toung-Wen-Siao, y el carácter de su misión. El mandarín le hace saber, entonces, su cargo de acusación: está prohibido que un europeo penetre en territorio imperial para propagar su religión, que es calificada allí de secta.

El día después, los prisioneros son conducidos a la subprefectura de Kou-Tcheng-Hsein, caminando, más de doce horas, a marchas forzadas.

El 19 de septiembre, Juan Gabriel comparece ante dos tribunales, uno militar y el otro civil, ya que es a la vez prisionero de los soldados y de los mandarines. Se le condena, sin éxito, a renegar de su fe. Declarado culpable, se le viste con una larga camisa roja, color de la culpabilidad, y se le encadena de pies y manos; además, le rodean el cuello con una gruesa cadena y le prohíben cortarse el pelo y afeitarse la barba.

El Virrey es informado de la captura del misionero y recuerda la sanción: pena de muerte para todo europeo prendido en territorio interior del imperio; pena de muerte para todo predicador europeo o chino de esta “secta impía” que se llama cristianismo y exilio para todo adepto cristiano aunque se trate de un pueblo entero. Por esta razón pide el traslado de Juan Gabriel con el fin de que sea juzgado en la prefectura de Siang-Yang- Fou, a dos días de camino de allí, por instancias superiores.

Llegados a su destino, los prisioneros son encarcelados en una prisión infame, con los pies atrapados en un cepo de madera. Juan Gabriel se quedará encerrado en este lugar cerca de un mes, el tiempo necesario para comparecer cuatro veces ante diferentes tribunales.

La rueda del martirio

La primera comparecencia tiene lugar ante el tribunal de la ciudad. Juan Gabriel declara allí: “Nuestra religión debe ser enseñada a todas las naciones y propagada incluso entre los chinos”, y más adelante: “Yo tengo solamente una preocupación, la de mi alma, no la de mi cuerpo: no temo en absoluto los castigos con los que usted me amenaza”.

Al día siguiente, Juan Gabriel comparece ante el tribunal del departamento de jurisdicción. El mandarín, personaje agresivo donde los haya, ordena al misionero, que lo rechaza, evidentemente, pisotear un crucifijo tirado en el suelo. Después le hace descubrirse las piernas y le ordena arrodillarse sobre unas cadenas puestas sobre el suelo y permanecer así cerca de cuatro largas horas.

Dos semanas más tarde, Juan Gabriel es citado ante el Tribunal Supremo de las Finanzas. El juez le pregunta si conoce a otros sacerdotes europeos: “He venido solo a esta región”, replica el misionero. El mandarín ha oído hablar de la presencia de estos europeos y acusa a Juan Gabriel de mentiroso. Le tiran del pelo y le hacen arrodillarse de nuevo sobre cadenas. El juez acusa de mala conducta a las religiosas cristianas y a los sacerdotes. Juan Gabriel lo desmiente enérgicamente. Entonces, le presentan los objetos de culto afirmándole que gracias a ellos los sacerdotes reciben la adoración de los chinos. Juan Gabriel responde: “Yo tengo solamente como objetivo, junto con los demás cristianos, rendir a Dios todos los homenajes que le debemos”. Después declara: “Le aseguro a usted que nunca renunciaré a mi fe”.

Tiene lugar una última confrontación entre Juan Gabriel y el citado mandarín en Sang-Yang-Fou. El sacerdote es colgado por los pulgares, atados entre sí, y por la trenza del pelo en una viga colocada por encima de su cabeza. Este suplicio convierte al prisionero en un muñeco roto sometido al juego de los soldados. El mandarín declara, entonces, al resto de los prisioneros: “El infierno, el paraíso que él os ha predicado no existen… Vean que bella estampa. De ahora en adelante, ¿creerán ustedes en sus discursos, en sus supercherías?… ¿Hay un paraíso para él? ¿Esto no es un infierno para ustedes? ¿De rodillas y maltratados como están?… El paraíso, es estar sentado en un trono, como yo… ¿El infierno? Es estar en el suelo, sufriendo, como ustedes”. Posteriormente, manda azotar a Juan Gabriel. La sangre brota por su boca a causa de la violencia de los golpes asestados. Ordena, también, torturar a todos los prisioneros cristianos para obtener la abjuración de la fe cristiana que algunos suelen conceder. En lo referente a Juan Gabriel, queda suspendido de la viga hasta que llega la noche. “Lo que yo sufrí en Siang-Yang-Fou, dirá más tarde, fue directamente por la religión”.

A finales de noviembre de 1839, los desgraciados prisioneros cristianos deben ser conducidos a la capital de la Provincia: Ou-Tchang-Fou.

La cizaña y la buena simiente

El Virrey está muy decidido a extirpar la religión cristiana del Imperio. Ordena una gran persecución, junto con el exilio, a los chinos convertidos, y pena de muerte para los extranjeros detenidos. Alertados por algunos cristianos, los sacerdotes consiguen huir. A Juan Gabriel y a los otros cristianos arrestados, el Virrey los envía por barco, a Ou-Tchang-Fou, como había sido previsto. Todos los prisioneros son colocados juntos, están apiñados, excepto el misionero francés que es conducido en barco aparte; todos conservan sus gruesas cadenas. Juan Gabriel está de pie en medio de los soldados, con los ojos entornados pero el rostro sosegado y sonriente, como sumido en una profunda meditación. El cortejo llega a la capital a principios del mes de diciembre. Los prisioneros son desembarcados sin ningún cuidado y se les reagrupa, primeramente en un albergue. Están atados unos a los otros por una barra y sus cadenas les impiden hacer grandes movimientos. Así, juntos, escuchan a Juan Gabriel fortalecer su fe. Uno de los que había apostatado bajo la tortura, recibe la bendición del sacerdote.

Después de una primera comparecencia rápida ante un mandarín, el tiempo justo para registrar los nombres de los “culpables”, Juan Gabriel es conducido a la prisión del Tribunal Supremo de los Crímenes, reservado a los grandes criminales. Es arrojado sobre las basuras. Insectos y escorpiones corren en el suelo que apesta a podredumbre. Los prisioneros apiñados son atados por cadenas de manera que, cualquier movimiento causa sufrimiento al compañero vecino. Las infecciones están a la orden del día; es así como Juan Gabriel descubre que uno de sus dedos del pie comienza a pudrirse y termina perdiéndolo.

El arresto del joven sacerdote ya no es un secreto para la Congregación de la Misión. El Padre Rameaux escribe al Superior General, el Padre Etienne: “Usted ya habrá recibido, sin duda, los primeros detalles de la persecución que está desolando al Houpé y que ha llevado al Señor Perboyre a la cárcel. Yo no he tenido la dicha de verme expuesto a la misma suerte en esos momentos. Yo estaba en nuestras misiones de Ho-Nan. Era el Señor Perboyre quien debía ir allí, pero por compasión por sus pobres piernas, tomé la responsabilidad de hacer yo mismo esa campaña. Este servicio que yo quise devolverle, le valdrá sin duda el martirio”. El Padre Rameaux es nombrado Obispo en Kiang-Si y en Tchékiang mientras que Juan Gabriel avanza hacia el martirio. Durante su encierro en Ou-Tchan-Fou, es conducido cuatro veces ante los tribunales.

El primero es el Tribunal Supremo de Justicia, el Ganzafou. Juan Gabriel declara allí que está en China para “para dar a conocer a Dios y no para amasar una fortuna o para conseguir grandes honores entre los hombres”. “Pero este Dios a quien Usted adora ¿lo ha visto?”, replica el mandarín. “Nuestros libros santos -reafirma Juan Gabriel- nos ofrecen la verdad tanto como nuestros ojos”. Hacen traer un misal y el mandarín concluye el discurso: “Sus palabras no quieren decir nada, y usted sería digno de piedad si no estuviera imbuido por esta falsa doctrina y no hubiera engañado con ella a los chinos”. Después obliga al misionero a ponerse de rodillas y a sostener durante largas horas con la mano alzada un bloque de madera, sin bajar los brazos, bajo pena de azotarlo.

Comparece una segunda vez algunos días más tarde, junto con otros prisioneros cristianos. El padre Yang, lazarista chino, dirá más tarde de ellos: “Entre los cristianos detenidos, la mayor parte ha renegado de su fe… son más de sesenta, de los cuales diez solamente han profesado constantemente la fe en Jesucristo”. El mandarín obliga a los prisioneros a golpear a Juan Gabriel. Algunos rechazan hacerlo pero otros aceptan movidos por el miedo. El sacerdote no dice ni palabra. Es enviado a su celda, otra vez, durante un mes.

A principios de aquel mes de enero de 1840 es convocado por vez tercera. Esta vez está frente al mandarín del Tribunal de Crímenes, quien ha recibido la orden del Virrey de obligar al condenado a decir que entró ilegalmente en China para propagar una religión extranjera a la que debía renegar, ya que se le acusaba de mala conducta. De esta manera el cristianismo perdería su prestigio. El mandarín interroga, pues, a Juan Gabriel, el cual no responde. El desdichado, de rodillas, recibe quince correazos. El mandarín intenta averiguar, enseguida, si los cristianos han probado algún brebaje, que les impide renegar de su fe. “Ninguno”, responde el sacerdote que recibe como sanción otros diez correazos. Le enseñan el Crisma “ ¿No es éste el brebaje? Pregunta el mandarín. “Eso no es ningún brebaje”, afirma el prisionero quien, de repente, es lanzado al suelo y recibe en sus nalgas desnudas veinte azotes con una vara de bambú. Le presentan luego a Juan Gabriel un crucifijo posado en el suelo, ordenándole que camine sobre él. Con gran ímpetu el sacerdote se quita de encima a sus carceleros, y a pesar de las gruesas cadenas que le obstaculizan se arrodilla ante el crucifijo tirado en el suelo. Coge entonces la cruz, la posa en sus labios entumecidos y la besa con amor. Luego, Juan Gabriel es colgado por los pulgares en una columna y los soldados, haciendo gestos obscenos sobre el crucifijo, gestos que hacen gritar al misionero, juegan con la cabeza de su prisionero, al límite de sus fuerzas. El mandarín acusa, poco después, a Juan Gabriel de arrancar los ojos a los moribundos. Éste último que protesta en vano, es sancionado, una vez más, con treinta latigazos en las piernas. Cuando está medio desvanecido, los soldados le levantan los párpados para obligarle a mirar al mandarín quien le pregunta: “Entonces, usted va a confesar, ahora”. El rechazo de Juan Gabriel le vale otros diez latigazos. El mandarín lo acusa, entonces, de mala conducta con las religiosas. Juan Gabriel, guardando silencio, recibe quince latigazos más.

 

Se quedan extrañados de la resistencia del prisionero. Al acercarse a él, el mandarín descubre un vendaje que le protege de una hernia. “He aquí el instrumento de su magia” exclama el presidente del Tribunal. Juan Gabriel es tratado de mago. Le hacen beber entonces sangre de perro y le hisopean la cabeza para conjurar el hechizo. El desdichado prisionero ya no puede resistirse y deja que le marquen las nalgas con el sello a fuego vivo del mandarín.

Poco tiempo después, Juan Gabriel recibe la visita de su catequista Fong a quien le revela esta confidencia: “Los sufrimientos que soporto en mi cuerpo no tienen importancia. Pero la horrenda injuria infligida por el mandarín al Crucifijo, eso si que me causa dolor y es lo que yo no puedo soportar”.

Más tarde, Juan Gabriel vuelve a comparecer ante el terrible Tribunal. Ante su negativa a reconocer los crímenes de los que se le acusa, recibe diez bastonazos. El mandarín quiere enseguida convencerse de la mala conducta moral del sacerdote. Diversas pruebas de “especialistas” confirman, al contrario, su castidad. A pesar de todo, el mandarín ordena atar el pelo de Juan Gabriel a una cuerda de la que tiran con la ayuda de una polea. El refinamiento de la crueldad consiste en elevar el cuerpo y dejarlo caer violentamente al suelo. Juan Gabriel pierde el conocimiento, está cubierto de sangre. “¿Está usted bien, ahora?”, ironiza el mandarín, quien no teniendo como respuesta más que el silencio mortal del sacerdote, se retira del Tribunal, dejando a los soldados el encargo de llevar al prisionero a su celda en una canasta de junco.

Días después, el Padre Perboyre está de nuevo en presencia de su terrible interlocutor. La pregunta versa sobre las vestiduras sacerdotales: “¿De quién son? ¿para qué sirven?”. Son mías y me sirven para las fiestas por los sacrificios en honor al Dios verdadero.” “Es una farsa, replica el mandarín; es un medio para ser adorado por los cristianos”. Y, constatando la finura de sus bordados, continúa: “Es así como usted quiere adueñarse de China”. Juan Gabriel lo desmiente, pero sabe que el mandarín puede equivocarse con pleno derecho ya que, existe verdaderamente una secta: “El nenúfar blanco”, que tiene como objetivo derrocar al Emperador. Después obligan al sacerdote a vestirse con su ropa sacerdotal, lo que provoca la estupefacción entre algunos de los presentes, quienes gritan: “Es el Dios Fouo viviente”. Creen reconocer en Juan Gabriel, así vestido, a una nueva reencarnación de Buda. Dos prisioneros cristianos se precipitan entonces hacia él, se ponen de rodillas y piden la absolución. El Tribunal les deja hacer. De esta extraña escena, el Padre Rizzolati dirá más tarde: “¡Qué bello es ver a este sacerdote, testigo de Cristo en la tortura y administrador de los sacramentos divinos… al que de rodillas sobre cadenas y juzgado por un hombre, libera a las almas de las cadenas espirituales y ejerce el poder del Soberano Juez”.

El mandarín, no sabiendo qué hacer, concluye el proceso. El Virrey, que tiene una cierta animadversión por los europeos y su religión, toma, personalmente, bajo su responsabilidad, el caso.

El grano que sangra

A Tchow-Thien-Tsio le desagradan los cristianos. Virrey del Emperador Tao Kouang que es sin embargo tolerante con la religión de Juan Gabriel, emplea todo su celo para erradicarla. Es así como organiza la persecución de los sacerdotes extranjeros y la deportación de los chinos convertidos. Se dice de él que se complace inventando instrumentos de tortura, como por ejemplo el asiento cubierto de puntas sobre el cual obliga a sentarse a los acusados.

Ante este hombre cruel con el que se encontrará una quincena de veces en dos meses, Juan Gabriel es obligado a arrodillarse. La primera entrevista comienza por una pregunta sobre un cuadro de María: ¿No ha sido pintado con los ojos arrancados a los chinos? Como respuesta a su indignación, el sacerdote es atado a una viga y acribillado a azotes con caña de bambú. Después el mandarín quiere obligar al misionero, a su vez, a pisotear la Cruz: “¿Cómo voy yo a injuriar a mi Dios, a mi Creador y Salvador?”, replica el prisionero. “Máteme –continúa–, no quiero ni querré nunca rebajarme con este acto.” Juan Gabriel, entonces, es empujado cayendo de rodillas sobre cadenas y cascotes de cerámica. Para hacer más pesado este suplicio, colocan una viga sobre las pantorrillas del infortunado misionero. Después graban con una punta a fuego ardiente, en la frente del infeliz: “Kiao-fei”, que significa “secta abominable”.

Las demás comparecencias son igual de cínicas y crueles. A veces se le cuelga con una cuerda que sueltan violentamente después. Otras, le hacen sentarse en un taburete puesto a gran altura después de haberle atado solidamente pesadas piedras a los pies. El Virrey termina por decirle a Juan Gabriel: “Es inútil que desee morir tan pronto. Yo haré prolongar durante mucho tiempo los dolores más agudos. Cada día, usted será torturado con nuevos suplicios y esta muerte que usted desea sólo la encontrará después de haber agotado los tormentos más atroces”; y se baja de su asiento para darle latigazos, él mismo, al prisionero.

Es a un muerto viviente a quien llevan a la celda. Él es como una enorme llaga abierta que mana sangre. Incluso los carceleros están conmovidos ante tanto sufrimiento causado y tratan de aliviar al pobre hombre. Durante tres días está inconsciente. Finalmente llega el día del veredicto. Juan Gabriel y otros prisioneros son convocados, una vez más, ante el Virrey, quien declara con tono firme: “Tú, Toug-Wen-Siao, tú debes ser estrangulado; y vosotros que no habéis cesado de resistiros a las órdenes de sus superiores y no habéis querido renunciar a vuestra fe, seréis enviados al exilio. Quiero, sin embargo, tratar una vez más de salvaros: renegad de vuestra fe e inmediatamente seréis libres, si no tendréis el castigo que os merecéis”. Juan Gabriel exclama entonces: “Antes la muerte que renegar de mi fe!” Todos siguen al sacerdote. Consecuentemente, presentan a cada uno de los prisioneros el documento del veredicto: “Firme su propia condena trazando en esta hoja una cruz con la mano.

El 15 de julio de 1840, el expediente llega hasta la autoridad imperial que es la única que tiene el poder de hacer efectiva la pena. El 27 de agosto, la requisitoria firmada por el Emperador es hecha público: “El europeo Toung-Wen-Siao, marcado con el signo de la infamia, debe sufrir el estrangulamiento por haberse introducido en China y por haber, como jefe de las cofradías religiosas, predicado la doctrina del “Señor del cielo”; por haber seducido y engañado a un gran número de hombres. La sentencia será ejecutada inmediatamente, sin el menor aplazamiento. Los otros diez culpables, y entre ellos, la virgen Anna Kao, serán enviados como esclavos. Los otros 34 que han renunciado a su error están exentos de castigo y serán puestos en libertad, con la condición de que ofrezcan garantía”. Esta carta llegará a manos del Virrey el 11 de septiembre de 1840.

En su prisión, a la espera de un juicio que no presenta sorpresas para él, Juan Gabriel espera en meditación. Recibe la visita de su cohermano, el Padre Yang, quien le trae un poco de pan, vino, algo de ropa y mantas. Juan Gabriel, que se recupera poco a poco de sus heridas, quiere hacer penitencia y no quiere ser favorecido en relación con los demás prisioneros. Sin embargo, tiene la oportunidad de escribir una última carta donde describe sus diferentes interrogatorios y donde se lamenta de la apostasía de algunos cristianos. Le dice también a otro catequista que viene a visitarlo, Ou-Kiang-Te estas palabras: “Cuando regreses, saluda en mi nombre a todos los cristianos de Tchayuenkow. Diles que no teman esta persecución. Que tengan confianza en Dios. Yo ya no los volveré a ver; ellos tampoco me verán, ya que, de verdad, seré condenado a muerte. Pero, estoy feliz de morir por Cristo”.

La hora de recoger la mies

Aquel 11 de septiembre de 1840, el Virrey llega al final de su persecución. El sacerdote debe ser ejecutado, el Emperador lo ha decidido así. Un mensajero es enviado a la prisión. Sacan de cinco siniestras celdas a cinco condenados a quienes deben decapitar y al padre Perboyre a quien deben estrangular.

Cada prisionero es vestido con el hábito rojo que señala la condena a muerte. Todos tienen las manos atadas a la espalda. Sobre ellos hay colgado un cartel en el que está grabado el motivo de la condena. El de Juan Gabriel lleva, pues, la marca de “Kiao Fei”. Los prisioneros deben correr hacia el lugar del suplicio final, con la cabeza baja. Una multitud de curiosos se reúne junto a ellos.

El cortejo llega a las afueras de la ciudad de Ou-Tchang-Fou. El “Gólgota” de Juan Gabriel lleva el nombre de “Tcha-Hou”, “la montaña roja”. Cuatro mandarines están ya allí. Sin esperar, ordenan decapitar a los cinco primeros prisioneros. Mientras tanto, Juan Gabriel se ha puesto de rodillas para dirigir una última plegaria a su Dios del Amor. Llega la hora. Los verdugos quitan la camisola roja del sacerdote, dejándole sólo un calzón. Le atan las manos a la espalda, fijando sus brazos al corto travesaño horizontal de la horca colocado derecho ya. Las piernas del desdichado son plegadas hacia atrás y atadas juntas. Juan Gabriel está como de rodillas sobre la Cruz. Suspendido a apenas unos centímetros del suelo, es ahora una víctima sacrificada.

Es alrededor de las doce del mediodía cuando el verdugo, de pie detrás de la cruz, pasa alrededor del cuello del condenado una cuerda que fija al madero, por tres veces; con la ayuda de una corta caña de bambú, aprieta poco a poco su garganta. Después, relaja la presión permitiéndole retomar aliento. Repite la operación por segunda vez. La tercera vez, aprieta nerviosamente la cuerda y la mantiene así apretada hasta que la muerte haga su obra. Juan Gabriel entrega su espíritu a Dios. Para asegurarse de su muerte, un esbirro le da una violenta patada en el vientre. Los curiosos que están ahí se dan cuenta de que el rostro del sacerdote desprende serenidad a pesar del sufrimiento y de la muerte.

Una semilla para la eternidad

Al año siguiente, recordarán este suplicio y algunos contarán lo que ha sucedido hasta nuestros días: “Cuando fue martirizado, una cruz, grande, luminosa y dibujada regularmente apareció en los cielos. Fue percibida por un gran número de fieles… muchos paganos fueron también testigos de este prodigio… (Algunos) abrazaron el cristianismo y Monseñor Rizzolati les administró el bautismo. Monseñor, además, interrogó a los cristianos que habían conocido al Señor Perboyre. Todos declararon que siempre lo habían tratado como a un Santo”. Algunos vieron esta cruz incluso brillar en el cementerio donde descansaba Juan Gabriel.

Después del suplicio final, los cristianos logran recuperar el cuerpo del que ya llaman “el mártir de la fe”. Le lavan y le cubren de ropa nueva. Como exige la tradición, cubren el rostro del muerto con un fino velo, y después celebran el oficio de difuntos.

Es por la mañana cuando André Fong y cuatro de sus compañeros cristianos llevan el ataúd al cementerio que se encuentra en la Montaña Roja. Dejan a Juan Gabriel no muy lejos de Francisco Regis Clet, otro mártir de la Congregación de la Misión a quien el joven sacerdote veneraba. Dan sepultura al cuerpo con los ritos ordinarios en uso: rociar de agua bendita y una simple oración, para no levantar sospechas.

La comunidad cristiana no tarda en venerar la memoria de su nuevo mártir. Y es esta veneración la que continúa hasta hoy día, y la que como un don de Dios ha sido concluida con la canonización del Beato Juan Gabriel Perboyre.

Tomado de: Ducourneau, J.-Y., Une semence d’éternité: St Jean-Gabriel Perboyre, MÉDiaspaul, Paris, 1996, 157pp.

por Jean-Yves Ducourneau, C.M

Provincia de Toulouse

(Traducción: IRENE CREGO, JMV-España)

Comments are closed.