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Misión de Clapvi en Cuba: “Cien Años de la Presencia vicentina en la Parroquia San Joaquín”

La Isla de Cuba ha sufrido la inclemencia del clima con el paso del huracán Irma. Todos hemos recibido noticias de inundaciones y tragedia. Hoy nos llega una nueva noticia, una Buena Nueva de la isla. El padre Héctor Manuel Farfán, CM, colombiano, quien hace unos años trabaja pastoralmente en la Provincia de Cuba, nos relata los pormenores de la misión de CLAPVI.

“Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”, fueron las palabras con las que el Papa San Juan Pablo II daba el saludo inicial de su visita a la Isla el 21 de enero de 1998. Parece que estas palabras han causado gran trascendencia en la historia de este pueblo de raíces cristianas. Pues lo que hace casi 20 años parecía incansable, lo ha sido en la misión que acabamos de vivir la Familia Vicentina en la extensa parroquia del municipio San Luis, ubicada a 30 Km de la ciudad de Santiago de Cuba, donde los misioneros paúles llegamos desde hace 100 años y 155 de haber llegado a la Mayor de la Antillas.

Misioneros venidos de diez provincias de América Latina: Argentina, Chile, Perú, Brasil, Colombia, Panamá, Costa Rica, República Dominicana, México, Cuba y Venezuela; en total: 14 sacerdotes, 15 laicos, un hermano coadjutor, 2 Hijas de la Caridad, 4 seminaristas, 6 aspirantes cubanos a la Congregación, en suma, 42, y una cincuentena de laicos de la parroquia que se sumaron en la medida de sus posibilidades. No importó el implacable sol antillano de uno de los meses más cálidos del año para llevarse a cabo esta misión, con la que CLAPVI pretendía unir dos grandes acontecimientos, los 400 años del carisma Vicentino y los 100 de haber llegado a esta Parroquia. Es decir que era unir en el tiempo a Chatillon y Folleville con las periferias geográficas y existenciales de un pueblo que en la mayoria, desde hace más de 50 años dejó de invocar a Dios como Padre Providente. Pero como siempre, en toda historia de la salvación, perdurará un “resto de Israel”.

Del 31 de julio al 16 de agosto se llevó a cabo esta particular misión, en la que no había una temática definida. Cada mañana, el equipo conformado por laicos y consagrados, se reunían en oración, y después salían por las calles y caminos de los 25 centros de misión que se establecieron, en una parroquia que tiene alrededor de 1200 km2 y una población de alrededor de 135 mil habitantes. En cada lugar la creatividad y la experiencia o pericia de los misioneros vicentinos les inspiraba la visita a las familias, el encuentro con los niños, los adolescentes, los enfermos y los más pobres, como lo haría San Vicente. Al caer la noche se vislumbraba, tras el cansancio y el agobio del calor de la jornada, la esperanza y el gozo de haber llegado a un pueblo que tiene sed de Dios.

Innumerables experiencias, como la de una anciana que nos decía sí tenía que esperar otros cien años para que hagamos una misión popular parecida; o la de Monseñor Dionisio quien nos compartió que había conocido a los paúles en las misiones populares que se organizaban por los campos antes de la década del 50 del siglo pasado. Los adolescentes, los jóvenes y los niños vivieron momentos agradables y en los que, en diferentes acentos latinoamericanos, se les hablaba del mismo Dios misericordioso que nos anunció Jesucristo. La misión no tenia grandes pretensiones, solo que fuera un signo de Dios y una semilla que lograra ponerse en tierra y que a pesar de lo escabroso del terrero, en unos cuantos años, fructifique. Es realmente la pedagogía del Maestro, con el Reino de Dios.

No puedo dejar de nombrar al P. Jesús María Lusarreta, que hace unos cuantos días pasó a la misión del cielo, como nos lo diría nuestro Santo Fundador. Él tuvo que ver mucho con esta misión, quería estar en ella, siempre la apoyó desde todo aspecto. Sabemos que desde el cielo rogó a Dios para que fuera una bendición para todo el pueblo cubano, del cual estaba convencido que el mejor regalo sería el evangelio y la caridad organizada.

Y para terminar, agradecer, como es debido, a la CLAPVI, a los cohermanos y a los laicos, que con tanto esfuerzo y sacrificio se hicieron presentes en esta misión y llenaron de alegría y esperanza a este pueblo, que esperamos pase la noche oscura de la increencia o indiferencia y se aventure a abrirle las puertas de su corazón a Jesucristo. Gratitud también con los anfitriones, los fieles de San Luis y Mella, que supieron acoger en cada misionero al mismo Dios que nos visita.

 

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