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La fiesta de la Milagrosa en la celebración de los 400 años del Carisma

El padre Gabriel Naranjo, CM, de la Provincia de Colombia comparte con nosotros una reflexión en esta fiesta de la Familia Vicenciana, y nos situa en el contexto de la celebración de los 400 años del carisma vicentino. Una buena fiesta.

La fiesta de la Bienaventurada Virgen María de la Medalla Milagrosa en este 400o. aniversario del carisma vicentino nos da la oportunidad de adentrarnos en la profundidad de su significado; se corre el riesgo de perdernos en una tendencia devocionista, que ignora y neutraliza su potencial evangelizador. Éste se concentra en la cristología, la mariología y la eclesiología de los símbolos esculpidos en la misma medalla: la Virgen triunfante en la cara, es la mujer que anuncia el Génesis (3,15), pisoteando a la serpiente, portadora del mal. Tanto el texto hebreo, como la traducción griega y la versión latina, apuntan a una descendencia que liga al Mesías con su Madre. Esta relación umbilical se expresa también en el símbolo central del anverso, la cruz entrecruzada con la M: ad Jesum per Mariam, y en los dos corazones que le sirven de base: el del Señor, atravesado por una corona de espinas (Cf. Mt 27, 27-31; Mc 15, 16-20; Jn 19, 2-3), y el de María, atravesado por una espada (Cf. Lc 2, 33-35). Esta imagen de la Virgen triunfante no es dominadora sino servidora, más precisamente misericordiosa: su altura se hace cercana con la mirada bondadosa que dirige a la humanidad, con la extensión acogedora de sus manos,  con los rayos de gracias que se desprenden de sus dedos y con la pisada de sus pies, valga el pleonasmo, sobre el mundo, liberándolo. Las doce estrellas del anverso y las de la corona evocan una verdad que se hace particularmente válida en el mercado de propuestas religiosas de hoy: la Iglesia como lugar del encuentro con Cristo y con su Padre, espacio de su obra salvadora. La jaculatoria circundante, Oh María concebida sin pecado, sostiene, por una parte, la fe en la concepción inmaculada de la Virgen en función de su concepción mesiánica y, por otra, la devoción del creyente que la invoca con esta aclamación una y mil veces, como un recorderis inagotable de la bondad de la Madre y de su compromiso cristiano.

La fiesta litúrgica de este 27 de noviembre propone unos textos bíblicos que dan dos pulmones de respiro a esta advocación: el trascendente, en el libro del Apocalipsis (12, 1.5.14-17), y el histórico, en el Evangelio de Juan (2, 1-11). En un primer momento, aparece la Virgen como esa “gran señal que apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta y a punto de dar a luz…”; ella vence al mal, representado, una vez más, en la serpiente, en el dragón.  A la luz de Gn 3, 1-2.15,  esta mujer representa a Sión, el pueblo santo de la era mesiánica, la Iglesia, pero también a la Virgen María, Madre del Mesías y primera figura de la Iglesia. He aquí a la Virgen de la Medalla Milagrosa: trascendente, radiante, luminosa, madre de Dios y de los hombres,  y triunfante. En un segundo momento, Juan nos la presenta en un matrimonio, “al que había sido invitado también Jesús con sus discípulos”. Allí, la Madre, con una sensibilidad humana que la caracteriza, percibe que se agotó el vino y que la fiesta está, por eso, a punto de acabarse; reacciona de dos modos: pidiendo al Hijo su primer milagro y pronunciando su primer evangelio, Hagan lo que Él les diga. Las correspondencias entre Caná y la Pascua son evidentes y son muchas: aquí está presente la Madre, la vecina, la amiga; en el mismo Juan encontraremos a la misma creyente De pies, junto a la cruz. ¿Porqué esta relación? Porque la Mujer del Apocalipsis es la misma Madre de esta fiesta familiar, porque la vida divina no es contraria a la humana, la supone; porque la historia de los hombres prepara la existencia futura de los bienaventurados. En la Medalla Milagrosa, como advocación y como símbolo, se entrecruzan los caminos de Dios y los de los seres humanos. He aquí, por su parte, una síntesis del carisma vicenciano: servicio espiritual y corporal a los pobres; a los pobres que, como lo afirmara Benedicto XVI en la Verbum Domini (Cf. 107), “están necesitados de pan, pero también de palabras de vida”…

P. Gabriel Naranjo, CM

Provincia de Colombia

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