El 9 de mayo los vicentinos de todo el mundo celebramos a Santa Luisa de Marillac, la compañera incansable de San Vicente de Paúl en la aventura de la caridad. En cmglobal les compartimos el  artículo “Santa Luisa y San Vicente” publicado por el Padre Juan-Pierre Renouard CM en Vicentiana.

Hace siete días que Santa Luisa vive angustiada. Esto le sucedía con el paso de los años sin darse demasiada cuenta. Por de pronto, aquella mañana de la Ascensión del 25 de mayo de 1623, todo parece venirse abajo: se siente asaltada por mil preguntas que la torturan encerrándola en una grave crisis de conciencia.

Le entran ganas de huir, de abandonar a su marido enfermo y a su hijo demasiado tardo en despertar, se pone a dudar de todo, de la inmortalidad del alma, y hasta de la existencia de Dios. Esperando volver a encontrar la paz, Luisa multiplica los ayunos, las vigilias y oraciones (Petite vie,p. 12). El padre Gonthier, lector atento de Santa Luisa durante años, ha calibrado bien la angustia en que vive: “su noche interior alcanza su más negra intensidad en la fiesta de la Ascensión… Su temperamento escrupuloso y su tendencia a la neurastenia se alían a las tentaciones que sacuden su fe en la vida eterna y en la existencia de Dios. Con ello, el Señor pone a prueba a su servidora que quiere amarle con el más puro amor”. (Messages et Messagers,No. 202, p. V).

Entonces es cuando ella toma una grave decisión: si su marido llega a morir, ya no escuchará a nadie y no aceptará un segundo matrimonio, por halagador que sea y por más que pueda situarla mejor en la sociedad. Hace voto de permanecer viuda. Para ella, Dios debe ser servido, ante todo. Pero “el modo”, eso es lo que no acaba de ver… No sabe “cómo podrá ser esto” … Pero ella sigue sin hallar la paz.

En este contexto difícil y de prueba se encuentra cuando visita la iglesia de San Nicolás de los Campos en la mañana de Pentecostés. En medio de su dolor pero no desesperada, pide a Dios que le devuelva la paz… En el momento de preparar la Eucaristía por la oración o tal vez al invocar el “Veni Sancte Spiritus”, se siente de pronto invadida por una gracia mística extraordinaria, que nosotros llamamos: “Luz de Pentecostés”. Esa gracia tan personal e íntima nos llega a través de un manuscrito de 28 por 9 cm., caduco ya, debido a estar plegado y llevado de acá para allá, en un bolsillo o bolsa. No cabe la menor duda de que estamos ante el acontecimiento más trascendente que cambió la vida de Santa Luisa y que está en el origen de la Compañía:

El día de Pentecostés, oyendo la santa misa o haciendo oración, en la Iglesia, de repente, mi espíritu se vio libre de sus dudas. Y me di cuenta de que debía quedarme con mi marido, y que debía llegar el momento en que me encontraría en condiciones de hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, y que estaría en una comunidad en la que algunas más harían lo mismo. Pensaba que sería en un lugar para servir al prójimo; pero no lograba entender cómo podría ser aquello ya que deberían producirse tantos cambios.

También me sentí tranquilizada al pensar que debía confiarme a mi Director y que Dios me concedería uno que me dio a conocer entonces, me parece, y sentí repugnancia en aceptar, con todo me conformé y me parecía que no había llegado la hora de ejecutar estos cambios.

Mi tercera pena desapareció ante la seguridad que yo sentía en mi interior de que era Dios quien me lo enseñaba todo, y que, existiendo un Dios, no había por qué dudar de todo lo demás…

Esta “Luz de Pentecostés” es realmente el acontecimiento capital de su vida, el que la transforma y la devuelve a la paz y unión con Dios, generadora de su ardiente y fructuosa caridad, por encima de todos sus sufrimientos y limitaciones humanas. Todas sus dudas desaparecen, sabe que debe conducir a su marido hasta el puerto, que después podrá entregarse a vivir la vida consagrada, si bien por el momento no percibe todas las novedades de la vida comunitaria y futura de las Hijas de la Caridad. El tiempo hará su obra e insensiblemente, como dirá el señor Vicente, verá que se va realizando a la letra todo cuanto entrevé durante esta mañana de Pentecostés. Es claro que el Espíritu Santo, el gran Maestro interior, la prepara para grandes cosas concediéndole a la vez la gracia de la serenidad.

Esta profecía va a colocar en su vida al mismo tiempo a alguien a quien sentirá “repugnancia en aceptar”, quiero decir, naturalmente, al señor Vicente. Esta relación es la que debemos descubrir nosotros ahora. Tratemos de evocar algunos hechos antes de explicar cuál fue la calidad y la naturaleza de su colaboración.

(Traducción: MÁXIMO AGUSTÍN, C.M.)

 

por Jean-Pierre Renouard, C.M.

Provincia de Francia

Publicado en Vincentiana, VT-2001-02-04

 

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