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San Vicente en la espiritualidad de Dom Helder Camara

El gran obispo brasileño, Dom Helder Camara (1909-1999), místico y profeta de nuestro tiempo, se declaraba profundamente cautivado por San Vicente de Paúl y encontraba en nuestro fundador una luminosa inspiración para su amor entrañable a los más pobres. Consideremos unos detalles de su relación con San Vicente.

En torno a los seis años de edad, Helder Camara se convirtió en aspirante de la Conferencia Vicentina, entrando en contacto, por primera vez, con la espiritualidad de San Vicente de Paúl y con las historias de los pobres, incluso de personas que habían perdido casi todo en la gran sequía de 1915. Su primera misión fue visitar  tres familias necesitadas de un poblado llamado Escalada. En el Seminario de Prainha (Fortaleza-CE), recibió la esmerada formación ofrecida por los Padres Lazaristas de entonces, que recordaban constantemente los ejemplos y pensamientos de San Vicente.

En la época en que se dedicó a la “Cruzada San Sebastián”, en Río de Janeiro, Dom Helder fue llamado “San Vicente de Paúl de las favelas“, porque había organizado una gran campaña caritativa en favor de los pobres, ofreciéndoles la posibilidad de casa digna, trabajo, escuela, espacio de ocio y de oración. Personas influyentes colaboraban con generosidad para las obras asistenciales de la “Cruzada San Sebastián”. Cada vez más, Dom Helder percibía que la pobreza de América Latina no tenía su origen en la escasez natural o en la incapacidad de los pobres, sino en la injusticia establecida y aceptada como natural. Empezó entonces a decir que, si San Vicente viviese hoy, sería “apóstol de la justicia” y que la mejor manera de honrarlo era hacer lo que él haría: en su tiempo, Vicente hizo lo que le dictaba su conciencia y su amor a los pobres, “pero, estoy convencido que, si viviera hoy, el apóstol de la caridad buscaría hacer la justicia“.

 Dom Helder solía conversar con el “querido modelo y maestro” en sus vigilias nocturnas de oración. Le contaba, por ejemplo, cuán difícil era ayudar a las personas buenas y cristianas a superar los prejuicios con los pobres: “Los pobres ya no caben en los lugares previstos para ellos. Propiné un golpe de efecto: convertí en sala de espera uno de los dos salones de honor  del palacio episcopal, con trono y todo. Hubo un escalofrío: ‘¡la alfombra va a quedar inservible!’. Pero entre una alfombra y un hijo de Dios, ni vacilo. ¡Estás viendo, San Vicente! … No es que no sean y deseen ser sinceramente cristianos. Es la formación que recibieron…“.

Dom Helder tuvo que hacer un gran esfuerzo para convencer a sus colaboradores de que tener un coche para al servicio del arzobispo apenas era una gran injusticia. Se alegró al ver su automóvil transformado en ambulancia para servir a los pobres o para transportar a los servidores de los pobres. Sobre eso, comentó con sus amigos más íntimos: “Claro que todo nos desarraiga y desarraigará siempre más de nuestro egoísmo y aburguesamiento. Cómo somos burgueses, sin saber, sin sentir, sin querer… Es bueno que nos sintamos mediocres, pequeños, lejos de los santos. Pero cuando se está en el Nordeste, parece una imposición de la Gracia, una exigencia del Espíritu llegar a locuras, fáciles de denunciar como demagogia, pero, en verdad, testimonio cristiano que nuestros hermanos sin fe tienen el derecho de exigir de nosotros… No teman: Dios me protege y protegerá contra la amargura y cualquier sombra de desamor. Pero no puedo impedir que Cristo llore sobre Recife y toda la zona azucarera, y todo el medio rural de América Latina, y todo el Tercer Mundo… San Vicente, en nuestros días, lucharía por el desarrollo. Esta es la manera más amplia y valiente de amar al prójimo en nuestro siglo. Amar hasta la muerte… de la comprensión, de la fama, del aplauso“.

Durante toda su vida, Dom Helder se inspiró en San Vicente, buscando actualizar la espiritualidad del Santo de la Caridad y de la Misión, al contexto de América Latina, víctima del subdesarrollo y de la opresión, resultante de una colonización tanto interna como externa. Por eso, decía: “Amo a los pobres y Dios me dio la gracia de ver en ellos a Cristo. En este sentido, busco ser un fiel servidor de San Vicente de Paúl. Trabajo con todas mis fuerzas para extirpar la pobreza del mundo“. Sin nunca abandonar la ayuda a los pobres, Dom Helder también luchó para superar las causas estructurales que generan y mantienen dos tercios de la humanidad en la indigencia y miseria. Como había hecho en Río de Janeiro, también en Recife creó el Banco de la Providencia que funcionaba en el palacio destinado a ser residencia del arzobispo. Fundó además la Operación Esperanza, la Comisión Justicia y Paz, Encuentro de Hermanos y otras obras de promoción social.

Dom Helder decía haber deseado pertenecer a la Congregación de la Misión. Aunque no lo hizo oficialmente, su corazón y su conducta siempre se mostraron profundamente vicentinos. Años después, para expresar su admiración y estima al exalumno, la Congregación le dio el título de Afiliado, con derecho a sus bienes espirituales. Al recibir este título del superior general de entonces, el 8 de abril de 1987, Dom Helder habría dicho alegremente a uno de sus colaboradores más cercanos: “Ahora, sí, soy Lazarista“.

Para terminar, el fragmento de un mensaje radiofónico de Dom Helder, llevado a las ondas con ocasión de la Solemnidad de San Vicente, 27 de septiembre de 1975: “Dios concedió a San Vicente de Paul antenas para captar todos los grandes sufrimientos de su siglo. ¿Qué sufrimiento existió en su tiempo y en su Francia sin que él lo percibiera? Y el Señor le dio la gracia de descubrir para cada sufrimiento la providencia adecuada (…). ¿Cuántas y cuántas veces me pregunto: ‘¿Qué haría el querido San Vicente si volviera a la tierra en nuestros días?’. Por supuesto, él ya habría descubierto que la pobreza hoy no sólo afecta a los individuos y las familias. Él constataría el escándalo de numerosos países, de continentes enteros, más que en estado de pobreza, en estado de miseria. Con su mirada sensata, él descubriría que, si hay países siempre más ricos y numerosos países siempre  más pobres, en la raíz de esta distancia que sólo hace crecer, hay injusticias increíbles. Y San Vicente denunciaría las injusticias, fuesen cuáles fueren las consecuencias (…).Que el Espíritu Divino sople sobre todos los que hacemos frente a la pobreza, para que seamos al menos una sombra de la sombra del gran y querido San Vicente”.

Sea este texto un fraterno homenaje al Padre João Pubben ,CM, durante varios años misionero en Recife, amigo fiel y estrecho colaborador de Dom Helder Camara, hasta el último minuto de su vida. Actualmente de nuevo en su patria holandesa.

 P. Vinícius Augusto Teixeira, C.M.

Provincia de Rio de Janeiro

 

 

 

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