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París: «en el corazón de la ciudad, un corazón misionero». La casa Madre celebra sus 200 años.

Con la Eucaristía se da apertura al coloquio: « 200 años de la casa Madre: en el corazón de la ciudad, un corazón misionero». La Misa fue celebrada en honor de María, Madre de la Iglesia, memoria que el papa Francisco instauró recientemente; luego una breve visita a los altares de los santos Clet y Perboyre y finalmente al relicario de San Vicente. Ingresamos a la sala Baude, pasando por la sala de comunidad, donde estaban expuestas algunas fotos y cartas originales y una muestra de lo que fue la exposición que hicieron la Sociedad de san Vicente y las Hijas de la Caridad en la ONU, en Ginebra. Entraron a la sala Baude unos cien oyentes, numerosos laicos, Hijas de la Caridad, misioneros vicencianos y amigos que frecuentan la capilla.

La hermana Marvaux, HdlC de Lyon, animadora y moderadora, presentó el programa y dio indicaciones para aprovecharlo, seguidamente invita al p. Mauvais, provincial de Francia, para dar apertura al coloquio. El padre cita noviembre de 1817 como la fecha en que los misioneros llegan al sector; insiste en que este coloquio que hace memoria del pasado, también nos lanza al futuro, gracias al dinamismo de los misioneros que ya han pasado por allí. Nuestra casa del número 95 sigue asumiendo el desafío de la formación (Universidad Saint John, acogida a misioneros que adelantan especializaciones, apertura de espacio a la biblioteca de estudios agustinianos); también acompaña iniciativas de solidaridad como el espacio abierto para el APA que permite cohabitar a personas en indigencia y personas rehabilitadas, el futuro espacio de hogar diurno para mujeres en situación precaria y la apertura de un hogar infantil. Desea para nosotros que, a la escucha de la historia, rescatemos el sentido misionero de nuestros mayores  para que ese San Lázaro de nuestros días (Casa Madre) siga teniendo un corazón que late por Jesús y así aporte vida al entorno.

La hermana Marvaux nos recuerda que los personajes tratados en el coloquio abarcan de 1787 a 1956, es decir, perfilan la historia de la congregación después de la Revolución, en las revueltas de 1830 y en las dos guerras mundiales.

Antes de llegar a esta Casa Madre, la Congregación vivió su primera crisis en el marco de la lucha contra el jansenismo. El P. Mezzadri, que no pudo llegar por problemas de transporte, nos propone el tema a manera de introducción. Cuando la comunidad cuenta con numerosos cohermanos en los seminarios y la recepción de la bula origina fuertes tensiones en la iglesia de Francia, varios obispos se posicionan a favor o en contra de la ordenación de candidatos al sacerdocio de los cuales no se puede asegurar la rectitud doctrinal de sus profesores. Ello conllevará el cierre de seminarios y despertará temores entre los cohermanos polacos e italianos, considerando que toda la Congregación se podría afectar con un conflicto que era esencialmente francés. Pero como ni el derecho ni las costumbres exigen que la Casa General sea transferida a Roma y, dado que las reliquias del fundador y el mayor número de misioneros están en Francia, todo llevó a mantener la Casa General en París; la Asamblea General de 1724 decide a favor de su permanencia en Francia.

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Nos adentramos así en la historia de la Casa Madre, 95 rue de Sèvres, a partir de diez misioneros: dos superiores generales, siete sacerdotes y un hermano. En cuanto a los superiores generales, se trata de los padres Etienne y Boré.

El padre Etienne, quien fue superior general por 31 años, sin contar el tiempo de ecónomo. De temperamento recio, mentalidad política, no obstante, la última biografía que señala ciertas reservas sobre su orientación, fundó 14 nuevas provincias vicencianas y verá crecer el número de Hijas de la caridad de 6.000 a 20.000. Inaugurará el Berceau con la presencia de 30.000 personas. En su tiempo de superior debe reconocer públicamente la infalibilidad pontificia, pues su silencio al respecto podría haberse leído como una forma de galicanismo. Ante el crecimiento de la Congregación, propondrá la Casa Madre como modelo de organización a adoptar en todo el mundo, lo que le acarreará oposición.

El padre Boré, quien le sucede, es un orientalista de renombre. Su vocación surge del encuentro con un vicenciano mientras viajaba por Oriente. En poco tiempo es ordenado, luego destinado a Turquía para trabajar con la comunidad armenia. En la guerra de Crimea, hace un llamado a las Hijas de la Caridad para asistir a enfermos y heridos. El Sultán, en agradecimiento por el notable trabajo, ordena construir el hospital de la Paz, sede de la actual comunidad de las Hijas de la Caridad en Turquía. Boré dirigirá la Congregación sólo cuatro años. Un historiador contemporáneo lo considera poco apto para administrar; pero habría que reconsiderarlo, pues gracias a su sentido político nombra al P. Fiat como asistente, a quien una Asamblea posterior elegirá como su sucesor. 

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Seguidamente recibimos una semblanza muy familiar acerca de los padres Jean, David, Perboyre, Pouget, Portal y el hermano Carbonnier. Todos ellos apasionados en su campo del saber y guiados por el Espíritu.

El padre Jean fue otro orientalista de renombre, ausente del Internet, aunque sus investigaciones son una herramienta para el estudio de las antiguas lenguas acadia y sumeria. Descubrió muchas tablillas del segundo y tercer milenio antes de nuestra era. Convencido de que nuestra cultura occidental es deudora de esas pre culturas, confrontó a menudo la Biblia partiendo de sus descubrimientos. Señala el vínculo entre el texto bíblico y la sabiduría de las culturas circundantes, dando así origen al concepto de “contexto bíblico” para explicar la cultura inherente a la revelación.

El padre David, un vasco andariego, vigoroso caminante, se destaca como naturalista. Mientras espera un buen tiempo la oportunidad de viajar a China, desarrolla sus talentos en Italia; apasionado por las misiones, su oportunidad de ir a China llega finalmente. En su primer retorno a París, se reúne con científicos para hablarles de su pasión por el medio natural chino; al mostrar sus aptitudes, recibe dinero para financiar una expedición científica en China. Emprende viaje para fundar escuelas y como miembro del equipo científico; gracias a ello, ayuda a descubrir cerca de 200 especies vegetales y animales, entre ellos el panda gigante y el ciervo chino. El panda se convierte en el animal emblemático de la diplomacia china. La ciudad donde él descubrió el panda, lleva hasta hoy el nombre de Nuevo David. Al volver a Francia, divulga incansablemente los descubrimientos, reconociendo además que China no tendría necesidad de Europa, pues veía con gran alegría que multitud de chinos se hacían cristianos.

Pasamos al padre Pouget, especializado en exégesis. El estudio del Pentateuco le permite elucidar los principios de la lectura histórica de la Biblia. Se aparta de la corriente racionalista para abrazar el método histórico-crítico. En sus cursos conjuga revelación y sustrato humano en la perspectiva histórica en la cual la fe toma sentido. Propone pensar la teología desde la historia, desde lo concreto, en vez de limitarse a lo propuesto por el magisterio. Con una ceguera temprana, aprovecha el tiempo en la elucubración y en la nueva comprensión de la Escritura, que servirán de inspiración a los textos del Vaticano II y para la apertura mostrada por Juan XXIII.

El padre Portal, con la aspiración de ir a China, tiene un comienzo como profesor de Biblia en Niza. Por razones de salud va a ejercer la misión en España.

Allí conoce a Lord Halifax, a quien propone la fe católica. Funda una revista de diálogo que editará 50 números, en ella se declara favorable al reconocimiento por parte de la Iglesia, de las ordenaciones anglicanas. Pero León XIII, con cierta su apertura, se pronuncia en contra. Se le prohíbe el contacto con Lord Halifax y se le llama de nuevo a Francia para retomar el encargo de la formación en seminarios. Sólo veinte años después el cardenal Mercier retomará el diálogo en secreto.

Portal regresa a París haciendo un buen aporte a la renovación de los cursos en seminarios, dedicando atención a la fe en el mundo de los estudiantes. Funda así los grupos TALA de jóvenes cristianos universitarios. Con la señora Galice, una carismática fundadora de una asociación de laicos que viven el apostolado de inserción en los barrios desfavorecidos, sabe abrir espacios a los jóvenes para animar actividades de dicho patronato.

Portal tendrá una influencia sobre Marcel Legault, Teilhard de Chardin, Vincent Lebbe. Se muda a la calle Lourmel, donde morirá. Quiso echar raíces allende para abrir nuevas fronteras. Sus obras se acabaron: la revista “el seminario”, la “revista católica”, la calle Grenelle y hasta la comunidad de la señora Galice. Pero dejó la marca de un centinela, de un sembrador, de un explorador de nuevos territorios, para que recordemos que somos viajeros y alimentemos esa mentalidad.

El siguiente personaje fue San Juan Gabriel Perboyre, primer santo de la China. Oriundo de Lot, Francia, de una familia con cinco miembros en la vida consagrada, vivirá la auto donación en las misiones como formador en Francia y, luego, como misionero en China, donde es arrestado y sufrirá un camino doloroso que lo hará parecerse a Jesús, a quien desea imitar. La oración diaria que recita antes de la misa, expresa dicho deseo. Condenado por difundir una secta abominable, ello deja en evidencia la falta de un motivo justo. Perseveró en la configuración con Cristo, de quien hizo la regla de su vida.

Por el encanto que gira alrededor de San Lázaro, acabamos la jornada hablando del hermano Francisco Casimiro Carbonnier. Oriundo de Beauvais, de familia pobre, se hace notar pronto por sus aptitudes en la pintura; recibe una beca de estudios antes de integrarse a la escuela de Delacroix, pintor del emperador. Por su falta de dominio de la técnica de la perspectiva y su incomodidad en un medio de alumnos libertinos, se pasará a la escuela de un maestro recién llegado a París: Ingres. Después va a Roma y luego a Nápoles, donde pinta para la reina. Cuando abdica Napoleón, tendrá que exiliarse en Inglaterra, junto con los demás pintores de dicho reino.

Se encuentra con una chica pobre que toma a su cargo y con la que se casa.

Pero ni el uno ni la otra tienen vocación para el matrimonio. Le proponen ir a la India, pero él prefiere volver a Francia. Mientras participa de una conferencia, el padre provincial Nozo lo reconoce y lo invita a reintegrarse a los vicencianos; él rechaza la invitación y el padre Nozo le ofrece albergue para que se dedique a convertir la Casa Madre en lo que es hoy día. Fue él quien revistió las paredes con su arte: la capilla, el refectorio, los pasillos y la sacristía, con numerosas obras que nos heredó. Finalmente aceptó ser hermano de la Congragación, consciente de que pintar es para él un servicio religioso.  Sus obras le exigían oración y silencio para inspirarse en lo que debía pintar.

A las 16:00, el padre Roberto Gómez cierra el encuentro recordándonos que el antiguo san Lázaro tenía como blasón sobre la puerta, un Lázaro resucitado: el testimonio de Jesús que venció la muerte e hizo de la tumba un lugar de vida. Con la semblanza de todos estos personajes citados, nos hemos encontrado con hermanos en humanidad, habitados de la pasión por Cristo. Ya se trate de historiadores, un novelista, un orientalista, todos ellos muestran la luz que destellaron en su vida.

El padre Gómez nos propone hacer de esta casa, que parece pesada en su estructura, un lugar de encuentro de diversas corrientes de la sociedad, sabiendo conjugar teología, espiritualidad y apostolado, tres elementos integrantes de la herencia legada por san Vicente. Nos compete seguir viviendo esta misión repensando el cómo vivir la internacionalidad y respondiendo a los desafíos del mundo y de la Iglesia hoy.

 

P. Bernard Massarini, cm – Jean-Pierre Renouard, cm

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